Recuerdos

¿Qué son los recuerdos sino viejas sombras que vagan opacas por la casa? Acaso sean objetos de una sustancia paradójica; a la vez irrenunciables, a la vez inaprehensibles.

Pienso que se puede ser un recuerdo presente, tangible, angustiante. El desamor, por ejemplo, ese mirar al otro y no encontrar aquello que se veía no es otra cosa que ver un recuerdo. También lo es el cuerpo inherte de un muerto. No hallaremos en ellos lo que considerabamos su esencia.

De la misma manera que entiendo que el recuerdo no precisa del prisma del tiempo, entiendo que tampoco lo necesita el extrañar, que es instantáneo y se da en perspectiva. Eso explica el llanto inmediato ante una muerte o abandono.

El presente puede proyectarse hacia el pasado y el futuro, impregnádolo todo con su vaho. Por eso es imposible recuperar el cariño de quien ya no nos ama. Nos convertimos en una sombra, pero también el pasado sufre esa transmutación. Todas las virtudes sumadas desaparecen o se resignifican.

Corran rápido de los brazos de quien ya no los quiera. Ustedes ya no existen allí. Tampoco esos brazos existirán nuevamente.

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Regalo de la noche II

Otra vez, como si de mí no dependiera, o como si dependiera de una parte de mí que no me pertenece, me desperté con una frase retumbando en mi cabeza como un eco mudo. Al sueño no lo recuerdo, pero creo saber oscuramente que la sentencia no era pronunciada por alguien sino que, como suele ocurrir en mis sueños, se decía. Personalmente no puedo disfrutarla como creo se merecería, porque no soy creyente, y por eso la dejo por acá; para que quien quiera y pueda, la sienta.

La frase es simple pero en el fondo, si fuera también cierta, cerraría una discusión complejísima y antigua que suele recorrer mis ideas por tener que ver con mi tesis de filosofía que trata de saber cómo se relacionan las palabras con las cosas.

En fín, la frase era la siguiente:

Dios creó al lenguaje ambiguo y a cada palabra polivalente porque necesitó de esta arcilla para escribir Su libro y por él hablarle a todos los hombres, y a cada hombre.

Cuerpos

Hoy desperté en otro cuerpo. Mi pensamiento, intacto, sólo era perturbado por un eco sutil, como proveniente de la otra anatomía. Lo noté al salir de la cama. Mis ojos se alejaban del piso más de lo esperable. Mis manos en cambio parecían más pequeñas.

No corrí hacia un espejo; no tuve la valentía. Simplemente me senté e inspeccioné todo mi cuerpo. Todo, menos eso que más nos identifica y que más se nos resiste: el propio rostro. Posé mi mano sobre una mejilla y froté las yemas como buscando cartografiarme, pero los instrumentos de medición me resultaban ajenos; esas no eran mis manos.

Evitando cualquier reflejo fui hasta la cocina y tomé medio litro de agua. Fue extraño porque no sentía sed. Un impulso inocuo me había arrastrado hasta esa acción. ¿Sería que el otro cuerpo aún mantenía, acaso no por completo pero sí parcialmente, su autonomía? ¿Sería que el otro, el invasor, el extranjero, el germen, no era aquel sino yo mismo? Me sentí mareado y procedí a sentarme. Se hizo mi voluntad. Acaso había controlado al cuerpo, acaso mi deseo había coincidido con el deseo del otro.

Extrañé la comodidad cotidiana, la normalidad; aquel tiempo en el que si corría a buscar un vaso de agua lo hacía con una completa convicción, por una reflexión aguda o acaso por una epifanía repentina que me revelaba un estado interno que no me era aprehensible por medios introspectivos. Aunque puesto de esta manera, los actos más simples, más cotidianos, nunca ocurren de ese modo sino del otro, como un imperativo mudo que acatamos sin haberlo oído. Si mi voluntad controla mis acciones, ¿quién controla a mi voluntad?

Será que hoy estoy, por primera vez, del otro lado, siendo el eco extranjero y extranjerizante que no determina pero sí predispone a quien me aloja. Será que siempre, hasta hoy, había sido habitado por una voz silenciosa que agazapada detrás de mi voluntad me indicaba mi deseo. Hoy soy yo quien se lo señala al otro. Quizás este sea el orden general de las cosas.

La hora señalada

“La íntima batalla

aquella que el sueño prefigura,

será, quizá, más dura

cuanto más se acerque la muralla”

Traducción (libre) realizada por mí sobre un poema de
Soren Nihil

La Unión Co. (así se llamó a la mega empresa en los países de habla hispana) realizaba, en un principio, estimaciones por demás erradas; los desaciertos podían medirse en semana e incluso, en casos excepcionales, en meses. Hoy, la precisión es milimétrica. Hace tiempo que ya no aparecen aquellos esperanzadores titulares de noticias fechadas, por ejemplo, el 20 de Julio y que rezaban cosas tales como “se había pronosticado su muerte para el 13 de abril y continúa con vida”, y dónde todos queríamos leer “también yo soy susceptible de sobrevivir a las estimaciones de La Unión”.

El servicio era gratuito; esto quiere decir que bancos, prestamistas y empresas privadas de salud, en la sapiencia de que esto redundaría en su beneficio, costeaban todo el proceso. De todas maneras, a pesar de la gratuidad de la prestación, ni ella ni yo quisimos servir a tan viles artimañas y juzgamos que sólo La Providencia posee el don de conocer sobre qué signo se posará el nudo que pondrá fin a nuestra existencia. En la catedral en la que ambos habíamos recibido los sacramentos de iniciación, de matrimonio y ella el de extremaunción fuimos muchos los que pensamos de esta manera y, tras un tiempo, supimos que tan sólo el veinte por ciento de la población mundial se había sometido a los exámenes. Creímos, ingenuamente, ver en este hecho una catastrófica derrota para La Unión, aunque eso fue tan sólo porque olvidamos (o quisimos olvidar) que el poder empresarial es harto más vasto que el de los estados nacionales y no imaginamos que la avaricia del hombre llevaría a que unos y otros hicieran planes con recíprocas ganancias, traficando con la voluntad de casi toda la población mundial: las empresas y los estados acordaron que los exámenes debían ser obligatorios, y que la información por ellos conseguida sería compartida, dado que los primeros habían realizado el descubrimiento y cargado con los costos y los segundos prestaban a su población. Nada se decía sobre qué derechos nos asistían a nosotros.

Hubo una leve resistencia por parte de los prestadores de seguros de vida que argumentaban que su negocio estaba justamente en el desconocimiento del momento exacto del deceso de sus clientes, pero se les explicó que las estimaciones eran válidas únicamente para el caso de las muertes naturales; nada se podía saber sobre los accidentes automovilísticos, hogareños u otros. De todas maneras, cuando la ley se puso en marcha y cada quien supo qué día de qué mes de qué año moriría, estas empresas no tardaron en caer en bancarrota. Permítaseme expresar una humilde tesis para explicar este hecho: muchos estiman que un hombre al que se le supone una larga vida por delante no se ocupará de planificar aquello que haya más allá de su muerte hasta el día en que la presienta respirando a sus espaldas. En este preciso momento las aseguradoras no aceptarían al postulante. Se supone, en definitiva, que sus intereses no se encuentran en ningún punto. Por mi parte creo que sería más adecuado  comprender la situación a través de un análisis del lenguaje: el eufemismo “seguro de vida” había perdido su eficacia tranquilizadora; en este mundo lo seguro es la muerte.

Fue así que grandes sectores de la población cayeron en devastadoras depresiones, o se dedicaron al más asqueroso hedonismo, o realizaron en sus últimos días atroces crímenes contra sus enemigos, despreocupados por la sanción que la justicia terrenal pudiera otorgarles; descreídos de que la justicia divina siquiera exista.

Para evitar la proliferación de perversiones se propusieron absurdos tales como custodiar a todas aquellas personas con menos de tres meses de esperanza de vida o acelerar la justicia al punto de poder emitir sentencia en menos de una semana hábil y aumentar los castigos para todas aquellas personas que no llegaran a cumplir la pena emitida por el tribunal: las faltas, en estos casos, se pagarían con crueles torturas.

El mundo ha cambiado mucho. Extraño viejas épocas cuando la certeza de la muerte estaba siempre teñida de una esperanzadora duda, de una dudosa esperanza. Hoy la íntima y fatal hora es inobjetable.

Hoy he recibido un llamado telefónico entre tantos que me felicitaban por el 89 aniversario de mi natalicio. Pero en este además se agregó: “dado que será el último, desde travel center queremos ofrecerle los mejores destinos, para que realice un placentero viaje, antes de emprender el definitivo.”

 

Lo de adentro

El sol entraba por la delgada ventana situada en lo alto del tribunal. La luz era cálida y hermosa. Sutilmente le acariciaba la mejilla izquierda como incitándola a dormir y ella estaba muy a gusto.

El juicio avanzaba seria y lentamente y toda esta circunstancia parecía estar compuesta de una materia que rodeaba sin alcanzar a Lucía, que permanecía sentada con un codo sobre la mesa, el puño en una mejilla y el sol en la otra.

Hubiera preferido salir, recostarse en un parque. Quizás comer un sándwich. Podría pasar por Subway y de ahí a alguna plaza. Pensó que Subway estaba muy bien, pero para ser un sándwich era bastante caro. De todas maneras lo consideró útil. Por un poco de plata podías seguir el día con algo en el estómago y si bien no era un manjar al menos era moderadamente económico. Recordó que en Europa los fast food realmente son baratos. Por menos de dos euros se comía bastante bien. En 2015 había recorrido las cadenas que conocía por la televisión pero que ahí no llegan. KFC, esa de los pollos, y dos más; una de pizza y otra mexicana, pero no se acordaba los nombres. Era una pena que esas cadenas no llegaran. Recordó que en 2015 en Europa se usaban mucho los flecos. En los pantalones, en las remeras, en las camperas, en las carteras. A ella le habían parecido muy elegantes y compró algunas prendas que después consideró algo llamativas para su lugar de residencia. Igualmente esa moda sí llegó, pero tibia. Se vio poco y casi no duró. Otra cosa que casi no encontró y que allá había alcanzado cierta notoriedad era esa canción de ¿cómo se llamaba? El tema era Budapest, pero el cantante era…bueno. No importa. Una vez en Neuquén, Argentina, en un shopping, la escuchó sonar. Eso fue apenas vuelta de allá y la situación la transportó nostálgica y velozmente a esas vacaciones. En Chile también, pero ahí fue distinto. George Ezra, ahí está. Así se llamaba. Era un chico joven. Pensó que debería tener su misma edad. Ojalá pudiera salir. A una plaza o a Europa. En el fondo daba lo mismo, realmente no estaba escuchando nada de lo que sucedía. Igual ya debería estar faltando poco. Ahora el sol le daba en los ojos y era muy incómodo. Dudó si ponerse las gafas de sol sería incorrecto, pero, antes de decidir, un murmullo invadió la quietud de la sala. La abogada la levantó de un brazo y esperaron de pie. Ella pensó en cuántas veces se habría parado de esa manera a causa de la entrada de algún profesor en el secundario. No tenía ni una cifra aproximada. ¿Cómo es que el pasado se va sin dejar huellas? ¿Hacia dónde se esfuma?

De pronto un abrazo húmedo de llanto la envolvió desde atrás. Tenía el perfume de su madre. Luego su padre. Después la abogada le tendió un saludo formal; una palma seca, profesional. También ofreció una leve disculpa y una especie de condolencia que no alcanzó a entender.

Un policía se la llevó rápidamente, arrancándola de los brazos de los familiares y la hizo recorrer un pasillo lleno de llantos y festejos. Después la subieron a un auto y de ahí a lugares más oscuros. Por la noche llegó la familia. Ella esperaba pasivamente en un comedor porque alguien la había dejado ahí. Después de los abrazos alguien dejó unas bolsas de papel madera sobre la mesa. Ella abrió la que se le había destinado y pensó que Subway estaba muy bien, pero para ser un sándwich era bastante caro. Además no era un manjar y podrían haber buscado algo mejor dado que la mañana siguiente se ejecutaría la condena y por lo tanto esa sería su última comida.

El viaje

“Welcome to the world where dreams become nightmares.”

 

La realidad se afirma sobre pilares endebles. La repetición de sucesos cotidianos es uno de ellos. La insistente presencia de idénticos rostros durante la rutina de ir al trabajo, por ejemplo, es una confirmación de realidad. Si una reiteración esperada de pronto no se produjera, si no hubieran transeúntes recorriendo alguna calle del centro a las 8 a.m., si no cruzáramos ningún auto en una avenida, entonces nos invadiría una sensación angustiante, ominosa, perturbadora. De entre esos reiterados rostros, el de ella era el más hermoso.

No fue por eso que hoy elegí el asiento que dejaba vacío a su lado; ya había tenido otras oportunidades en otras mañanas y otros colectivos, pero la evitaba en la misma medida en que deseaba buscarla. Lo elegí simplemente porque era el más lejano a la puerta de entrada.

La mujer, entredormida, no se percató de mi llegada, ocupada en su lucha contra el sueño. Su cabeza descendía junto con sus párpados, su barbilla se acercaba al pecho y cuando parecía estar descansando un espasmo abrupto la tomaba por completo, un sobresalto que la obligaba a incorporarse correctamente sobre el asiento y a ensayar gestos que demostraran una dignidad intacta. Un momento después volvía a cerrar los ojos, a dejar caer la cabeza, a resurgir y a reiniciar nuevamente el ciclo.

El colectivo avanzaba como una babosa y el viaje tenía perspectivas de eternidad. Ella  se dejó caer hacia su derecha pero la embestida contra la ventanilla rígida y fría la llevó a acomodarse hacia su izquierda. Apoyó su sien sobre mi hombro y pareció sentirse cómoda. Yo me retorcí sutilmente en mi asiento para despertarla pero no lo logré. También aclaré mi garganta cerca de su oído buscando el mismo objetivo y obteniendo idéntico resultado. Entonces decidí dejarla. Pensé que quizás volvía de un trabajo nocturno sumida en el agotamiento y necesitaba descansar, o algo similar, no recuerdo.

Lo que sí recuerdo fue sentir que era incorrecto estar a gusto con la situación, fantasear que ella no dormía sino que buscaba por medio esa escena artificiosa un acercamiento que no hubiera sido licito de otra manera. Sabía que me estaba vedado apoyar mi sien sobre su cabello. Intenté no sólo no sentirme cómodo sino también demostrarlo. Observé a los demás pasajeros y noté que un hombre me observaba con gesto de desaprobación.  También recuerdo ese rostro. No bajaba la mirada. Era evidente que estaba pensando lo mismo que yo; debería despertarla y no permitir que durmiera sobre mi hombro. Pero despertarla también hubiera sido incorrecto. No supe qué hacer.

De repente su respiración pareció más espesa, espaciada. Creí entender que había caído en un sueño profundo. Entonces no debía despertarla. Simplemente necesitaba simular correctamente mi estado de inconformidad con la situación. De esa manera podría ser amable con la mujer y correcto con los observadores. Además, ese aliento cálido me incomodaba verdaderamente. Se tornaba vaporoso cuando golpeaba contra mi camisa y unos momentos después ya podía sentir la humedad sobre la piel. No me generaba asco, pero sí una molestia creciente.

El hombre no detenía su escrutinio de la situación y la mujer dormía cada vez más profundamente. Su cabeza pesaba más que todo su cuerpo. Mi camisa seguía húmeda pero esa respiración tan tosca había mermado. Ahora era casi imperceptible. Supuse que estaría por despertar y me pregunté qué debía hacer yo cuando eso ocurriera. Ninguna situación parecía correcta. ¿Qué pensaría ella de mí cuando descubriera que le permití dormir sobre mi hombro? Seguramente algo horrible. ¿Qué podía hacer? Tal vez despertarla no era una opción del todo incorrecta. Entonces volví a retorcerme en el asiento, pero su cabeza tan pesada parecía rígida sobre mi cuerpo. Volví a aclarar mi garganta y a toser, pero no hubo respuesta. Me incliné  levemente hacia mi izquierda para lograr que perdiera el equilibrio y de ese modo llevarla al despertar, pero sólo se desplomó sobre mí, como si estuviera sumida en el más profundo de los sueños. El hombre continuaba con la mirada inmóvil, el ceño fruncido, la boca levemente arqueada hacia abajo. Pensé en levantarme del asiento y bajar, pero todavía estaba muy lejos de mi trabajo. Ensayé en mi cabeza el acto de ceder el asiento, pero todas las personas estaban lejos y desde hacía tiempo en el mismo colectivo. Creí que ese gesto se vería muy artificial y desistí.

No podía seguir con esto. Era intolerable. La situación no lo merecía y la salida era simple. Decidí deshacerme de la cortesía y la sutileza y simplemente levantar su cabeza con mi mano, apoyando mis yemas en su sien y acomodándola en otra posición. Probablemente no lo notaría y toda la situación habría terminado para mí. Pero ¿por qué ahora? El hombre que me observaba notaría el cambio de conducta y… ¿y por qué me interesaría ese desconocido? La solución requería una salida simple, natural, no reflexionada. Me decidí a contar hasta tres y, como si no tuviera importancia, apoyar mis dedos en su sien y arrancar su cabeza de mi hombro.

Uno.

Dos.

Tres.

Estaba tan fría.

La noche a ciegas.

El corazón agolpado en el pecho. La oscuridad que nos envuelve y el frío que nos penetra hasta doler en los huesos. Esa es nuestra realidad. Los huesos no duelen, pienso. En el fondo esto no es pensar; es un torbellino de palabras que intentan ocultar las sensaciones porque el horror es intolerable, porque los perros sólo detienen su aullido cuando el estruendo de las balas los impulsa a buscar un cobijo, porque esas balas nos buscan. ¿Cómo carajo llegamos a esto? dije murmurando, o pensé en un grito. Los tiros se escuchan cada vez más cerca, dice uno con razón. Los de afuera nos perciben o nos intuyen. Como sea, saben donde buscarnos. Son las cinco y el colegio abre las puertas a las siete y media. ¿Por qué mierda nos escondimos en un colegio? ¿Por qué se acercan tan lentamente? Se escuchan estruendos, pero esta vez vienen de otros sectores. ¡Nos están rodeando! grité. Pedro peló el chumbo y se asomó a una ventana. ¡Guardá el fierro, pelotudo! dice el más viejo. En el San Lorenzo se mata o se muere, respondió Pedro, temblando. O se vive temiendo, agregué no sé por qué. Las balas se sienten como las aletas de los tiburones en el desamparo del mar abierto. No son una amenaza, son una certeza. Respirar se hace pesado. No puedo dejar de pensar que en cualquier momento revientan la puerta del frente y se mandan todos para adentro, descargando los tiros sin mirar, bajándonos a todos antes de que podamos responder con una bala. Cada vez están más cerca y a este ritmo no llegamos a las siete y media. Hay que hacer algo. Escucho que alguno llora. Está quebrado, carajo. Si no aguanta el llanto o se pone a gritar hay que bajarlo. El viejo está tranquilo. Este ya pasó por todas. Estuvo adentro y afuera, atacando y defendiendo desde cualquiera de los dos lados. Así desde los trece, y ya debe estar acariciando los sesenta. Qué ganas de jugarse la vida por esta pelotudez a esta edad. No importa, está tranquilo y eso me sirve. Escuchame Viejo, le digo, esta mierda debe tener un entrepiso para los cables, los tanques de agua o los tubos de calefacción. Tenemos que encontrarlos y subir antes de que revienten el lugar. Los demás escucharon y cada uno por su cuenta se puso a buscar. En los corredores la oscuridad es más espesa, los ojos tardan en acostumbrarse. Por allá hay un pasillo chico con dos puertas. Corro casi a ciegas. Escobas, me cago en mi suerte. En la otra no se ve nada, pero hay telas de araña. Acá no debe entrar nadie. Hay algo frío, unos caños finos. Paralelos y perpendiculares. Parece una escalera. No voy a esperar a comprobarlo. Vuelvo al corredor y chiflo para que los demás vengan. Subamos, les digo. Soy muy joven para morir, dice Pedro. Es gracioso. Desde que empezó todo esto nada había sido gracioso. Esa frase fue como un oasis. Los cuatro ya están arriba. Ya son las seis y pico. Cierro la puerta y subo. Acá arriba la oscuridad es imperturbable. No puedo ver la palma de la mano que puse frente a mis ojos. Los latidos se sienten como si fueran bombas. Las balas como si fueran sentencias. No sé si pasó media hora o un par de años, pero afuera hay ruidos. Silencio, digo susurrando. El estrépito es fatal. Reventaron la puerta. Están adentro, la concha del mono. Ahora si que estamos cagados. Corren y tiran, como lo imaginé. Pero esta vez no estamos abajo dispuestos a recibir las balas. Estamos arriba, todos apuntando a la escalera. La primera cabeza que asome va a regar de sangre a todos los que vengan atrás. Si no fueran tantos pensaría que ya ganamos. Igual, si nos vamos nos llevamos a alguno. De alguna forma eso me reconforta. Me siento en el caballo de Troya. Acá hay mucho polvo, qué cagada. Esta alergia me va a costar la vida por un estornudo. Ahora que pienso, el Viejo tenía las cosas y no sé si las trajo cuando subió. Si las dejó abajo los de afuera van a encontrar todo, se lo van a llevar y todo esto no sirvió para nada. Querría preguntarle, pero acá no se puede emitir un sonido. Quizás lo dejó bien escondido. Voy a confiar en el Viejo. El Viejo tiene experiencia. En el techo hay un agujero mínimo, pero está empezando a filtrar algo de luz. Ya debe estar amaneciendo. Entonces no falta mucho para las siete y media. Se van a tener que ir antes, o empezar a los tiros contra todos los que lleguen. Pervertir lo sagrado. Estoy cansado. Siento que el cuerpo me pesa como si cargara con el universo. Si no roncara ya me hubiera dormido. Acá no hace tanto frío y me siento más seguro que nunca desde que empezó todo este suicidio. Parece que se están yendo. No podemos arriesgarnos, no podemos bajar a mirar. Hay que esperar. A las siete y media se van a abrir las puertas. Si se escuchan tiros, veremos. Si no, vamos a esperar al primer timbre, aprovechar la avalancha del recreo y salir por la puerta, como si nada, como si no lleváramos en el bolso la bandera de esos cagones, junto con la gorra del rati que se las cuidaba.

Hace tiempo que la inspiración o las musas no pisan esta casa. La última prosa que intenté escribir empezaba diciendo:
“¿De qué sirve escribir tu nombre en tu ausencia si la palabra que te designa no te convoca? ¿De qué sirven las palabras si te nombran y no logran alcanzarte?”

De ahí, todo iba a peor. Por respeto a la literatura no seguí escribiendo.

Hoy citaste una poesía de versos libres y metáforas remanidas para confesarme que soy parte de tu olvido. Con imágenes de heridas que cierran, de días soleados que remiten a la felicidad y días de tormenta que quieren decir la tristeza (vaya a saber qué estado del alma lleva a estas asociaciones) me anunciaste que en tus tierras “ya es primavera” y que el futuro prescinde de mi imagen en tus pupilas. No me duele el olvido, porque es la última cara del destino, que es la muerte. Pero no comprendo la necesidad de anunciarlo. Quiero decir que el olvido no se dice, porque nombrarlo lo niega. Y quiero agregar que el olvido no es la cura, como se afirma. Que si “recordarte no es más que un beso a mi herida”, allí hay algo que sangra todavía.

Cuando tengas una herida no permitas que tu dedo índice se abstenga de hurgar en ella hasta llegar al hueso y comprobar que esa materia para la muerte todavía vive. No te escapes de las cicatrices, porque son tu historia. Olvidar es morir en restrospectiva. Es matar al pasado. Pero la Medusa produce efectos aún decapitada. No cura quien olvida sino quien no padece de recuerdos.

Y si el dolor es tan grande y el despecho irrefrenable y de verdad no podés evitar hacerme saber que ya no existo en tu memoria, por favor, te pido solamente que el poema que elijas no sea un de-sastre.

María en sueños.

Nota: Las noches suelen acosarme con pesadillas y parálisis del sueño, pero esto no está tan mal porque a veces me dan el material bruto que necesito para escribir un cuento y espero que a fuerza de práctica algún modelado me quede un poco mejor que decente. Este relato tiene la particularidad de ser la transcripción literal de algo que me pasó un par de noches atrás, eso que llamaría “una historia real” si no creyera que todo suceso es ficcional.

Era un mediodía soleado, vísperas de una tarde alegre. Podría decir que nos rodeaba un clima templado, pero no estoy seguro. Lo supongo en base a las imágenes oníricas que sin voluntad produje durante el dormir que antes de terminar abruptamente me envolvía con la fuerza de lo real.

Junto con mi familia y mi novia nos disponíamos a hacer un asado en la terraza del edificio que abandonaba (creo recordar que en el sueño se establecía que por un largo período había habitado ese domicilio, pero no sabría especificar más). Allí hablábamos sobre la historia de Dear David y otras cuestiones paranormales.   Fue por eso que llevé a mi padre hasta las cercanías de una casilla en la que se guardaban las herramientas del encargado. “Allí -comenté- nacen todas las apariciones de las que hablan los vecinos”. Yo no había presenciado ninguna, pero oscuramente sabía que era común escuchar los gritos de personas espantadas en los pasillos nocturnos.

Lenta y convenientemente vi aparecer una figura que luego de unos instantes obtuvo la apariencia de una mujer ni muy joven ni muy anciana, de piel grisácea y nariz tosca y aguileña. Petrificado la vi caminar hacia la puerta y luego salir. Hipnotizado comencé a repetir un saludo. “Hola María” decía una y otra vez, como un mantra involuntario, tanto en el sueño como en la realidad, como un puente de palabras. No era un pronunciar corriente; era como un canto de sirenas con el que me atrapaba a mí mismo, que me dejaba poseído por una música lúgubre y eclesiástica, con la forma de un canto gregoriano.

Con esfuerzo miré a mi padre que me observaba extrañado, por lo que constaté que la visión me había tomado únicamente a mí. Y tanto fue así que lentamente todo a mi alrededor comenzó a oscurecerse y a desaparecer, inclusive María. Rodeado de tinieblas podía sentir la presencia fantasmática, pero ya no verla. La marea oscura no solo me envolvía; también me tumbó y así me trasladó hasta un sitio que en principio no logré reconocer dado que la visión era nula. Progresivamente la oscuridad se fue difuminando y pude constatar que estaba en mi habitación, recostado inmóvil en mi cama. En ningún momento había dejado de repetir el mantra. De un modo que no alcanzo a comprender supe que la presencia se hallaba de pie en el otro extremo de mi habitación y aunque no lograba verla pude presentir su paso lento acercándose a mí. Traté de moverme y de gritar, pero lo único que mi boca sabía pronunciar era “Hola María”. Cuando llegó a mi lado se detuvo a mi derecha, junto a mi cara, entre la cama, el velador y la pared de mi habitación. Desde su altura me observó por un instante. En ese momento la desesperación fue máxima y el mantra, vociferado, logró devolverme a la conciencia.

Ominoso y terrible despertar: la realidad, como calcada del sueño, me encontraba tendido en mi cama, petrificado, en una habitación oscura, con el aire todavía poblado por los ecos del mantra. Sólo una cosa había cambiado: en la realidad no estaba solo. A los pies de la cama pude ver a mi gata. Pero extrañamente esta noche no dormía. Desde su sitio, con gesto combativo, observaba tenazmente el espacio vacío que había a mi lado, entre la cama, el velador y la pared de mi habitación.