El Uno.

“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonía?”

J.L.Borges

 

En un hospital antiguo como el tiempo y amplio como el cosmos yace, desde siempre, un misterioso hombre. Los empleados de la institución nada saben sobre su pasado ni sobre cómo llegó a esa cama en la que habita comatoso, sin miramiento por el tiempo ni la realidad. Se lo supone, míticamente, el primer interno y por ello lo llaman El Uno.

Los médicos ya no se interesan por el misterio que figura el hombre que sin el sustento de artefactos mecánicos se mantiene, a la vez, con y sin vida, pero periódicamente lo visitan enfermeras que lo cuidan de las escaras y vigilan su actividad cerebral.

En esta pasividad motriz transcurren los días.

Quién sabe qué esperanza o motivación movió al flamante director del hospital a practicar sobre El Uno un extraño procedimiento que buscó sacarlo de su estado de puro pensamiento. Allí se situó junto al inmóvil y con extravagantes artificios osó perturbar el ignoto sueño. Tan convencido estaba de su hazaña que no consideró refrenarse cuando el suelo que habitaba comenzó a moverse bruscamente. Cuando el cielo raso y las paredes comenzaron a desmoronarse se sintió desafortunado y creyó comprender que un violento temblor asolaba sus tierras en el preciso momento en el que estaba por conseguir su proeza. Cuando notó que también su cuerpo se desvanecía supo que él y todos sus colegas, sus coterráneos y coetáneos, las ciudades y los parques, los atardeceres y amaneceres, el espacio y el tiempo; todo era una fantasía proyectada por aquella mente prodigiosa. Pero no supo señalar, como hubiera hecho Plotino, que detrás de aquel durmiente habitaba, como escondido, el poseedor de la Otra Mente. Aquella inteligencia primera, que durmiendo se sueña, en la fantasía se adueña de segundas sombras que con soberbia ignorancia proclaman independencia, sin saber que su existencia no es más que sustancia de generación tercera.

Disculpas + 1° capítulo

Hace varios días que no estoy subiendo nada a esta página, y podría ser que pasen algunos más. En parte porque estoy un poco ocupado entre el trabajo y el posgrado que estoy haciendo, además de otras actividades, pero sobre todo porque no se me cae una idea para un cuento. Bueno, tengo algunas ideas dando vueltas en la cabeza, pero son jirones sueltos y no una trama que pueda seguir. Esto se potencia porque hace un tiempo que estoy escribiendo un libro surrealista y profundamente oscuro que termina consumiendo casi todo lo que podría ser un cuento individual. Pretendo hacer un libro corto, de capítulos rápidos y caóticos con un lenguaje espeso y unas imágenes perturbadoras que conmuevan la conciencia de los neuróticos. Sí, soy psicólogo y quiero usar lo que sé para meterme en lo hondo de las conciencias humanas y molestar un rato en esas ideas retorcidas que la gente busca no aceptar.

Como pedido de disculpas, y como prueba de la excusa, voy a subir el primer capítulo.

No puedo dejar de pensar que este mensaje es un poco pedante, porque no me lee mucha gente, pero me decidí a hacerlo porque, otra vez, soy psicólogo y sé que cada persona tiene valor individualmente y no se necesita una masa inmensa de lectores para empezar a ser respetuoso. Entonces esto es para cada uno de ustedes, cuatro o cinco personas que me leen. Espero que lo disfruten (de una manera oscura y retorcida, como se disfruta a veces el dolor). Muchas gracias.

I

Recuerdo cuando llegué a este mundo, poblado de dolor, él y yo, bañados en llanto. En el cobijo de la madrugada me desprendí del vientre que era mi aposento para formarme lentamente en el ser que luego daría los primeros pasos en busca de mi destino, trágico como todos.

Anoticiadas del parto, las alimañas esparcieron el rumor: las bestias, en su sabiduría, huyen de las calamidades incluso antes de que el hombre, adoctrinado en la comprensión de banalidades, se cuestione por qué corren.

Sellé la muerte de mi madre desangrándola. Broté con sus hemorragias, conversé con su sangre y trabamos amistad. Me arrastré por los montes con la pesada marcha del infante, recorrí archipiélagos movido por el instinto que aún hoy me domina, me desplomé hacia los mares que me alojaron con anhelo y nadé con los cardúmenes de los más horrorosos peces abisales. Habité con ellos y adquirí sus costumbres.

Por eso, lector entrometido, me hice poseedor de estos rasgos que desprecias, de estos inmundos dientes que te aterran y de las branquias que rasgan mi cuello como múltiples vaginas turistas de un territorio incorrecto. He ahí mi génesis, pérfido ejemplar de la innoble estirpe. Pero responde, si es que el éter que ensancha tus pulmones de sapo se atreve a recorrer tu laringe para que pronuncies palabra, ¿De dónde viene esa vil pulsión que te obliga a no desviar la mirada de lo que aborreces, que te llevará a continuar hasta el último nudo sin dudarlo, a pesar de que tu intestino, a fuerza de nauseas, te exija la retirada? No te engañes por tu piel tersa y sin escamas, no te engañes por tus buenas acciones y sentimientos heroicos, escucha la verdad que sigue aunque no quieras: si continuas tu lectura más allá de estas líneas, sabrás que eres, de entre todas, la más horrorosa bestia.

Picaporte.

-Ya pasaron casi quince años desde aquella noche, doctor, pero no puedo olvidarme de nada. Es terrible vivir con el peso de haber matado. Éramos chicos, y éramos muchos, pero eso no me consuela. No voy a sacarme responsabilidad por no haber sido yo el que propuso ese juego estúpido. Tampoco creo que sea un atenuante que las circunstancias hayan empujado, como buscando su muerte, hacia ese desenlace. A veces pienso que él tuvo algo de culpa, que se ofreció como un cordero sacrificial. Él siempre había sido el cordero, el chivo expiatorio. Quiero decir que era víctima de cargadas y golpizas, pero ni él ni nosotros nos imaginamos que alguna vez íbamos a llevar la tortura a tal extremo. Digo ‘Él’, vea, ni siquiera puedo nombrarlo.

Usted no me entiende, claro. Fue hace mucho, teníamos trece o catorce años. Era el cumpleaños de un compañero de la primaria. Facundo. Quiso festejarlo haciendo un campamento en el fondo de su casa. A esa edad dormir a cincuenta metros de la habitación de tus viejos es una aventura, por lo menos para chicos medio pueblerinos como nosotros. La noche empezó bien: armamos las carpas, comimos las comidas que se comen en los cumpleaños infantiles, contamos historias de terror alumbrándonos las caras con una linterna, esas cosas, ya sabe. El problema fue el juego.

El juego consistía en lo siguiente: Si una persona se tiraba un pedo, rápidamente tenía que exonerarse diciendo “zafé”. Si otro se le adelantaba gritando “picaporte” su declaración nos daba a todos el derecho irrevocable de pegarle al primero hasta que lograra liberarse tocando, justamente, un picaporte.

Creo que él intentó hacer una gracia cuando, en medio de una historia que yo inventaba para aterrar a mis amigos, dejó escurrir un pedo de lo más sonoro. Sí, tuvo que haber querido ser gracioso porque las carcajadas le impidieron pronunciar la palabra salvadora. Nosotros nos adjudicamos el derecho a la tortura y nos abalanzamos sobre él en masa, como una horda de bárbaros. Le debe haber sido difícil moverse dentro de la carpa con siete preadolescentes pateándolo y pegándole a puño cerrado. Abrir el cierre que le daba una porción de libertad le debe haber resultado casi imposible por los manotazos que lo alejaban del objetivo. Cuando lo logró trató de correr los cincuenta metros que lo alejaban de la casa, entrar por el ventanal de dos puertas, ganar el comedor y después hallar un picaporte que lo libere del fastidio. O eso supongo yo. Él no llegó tan lejos.

El juego ya había durado demasiado y nosotros estábamos cebados como los tigres que probaron la carne humana. Creo que fue por eso, por culpa de la ansiedad que crecía en su piel a fuerza de golpes que no vió que el ventanal de vidrio estaba cerrado. Lo atravesó alegre, con esperanzas. Eso me consuela un poco. Tal vez su último sentimiento fue algo parecido a la paz.

Nosotros lo vimos rebotar y caer al suelo. Y vimos que sobre él titubeaba, fatal, una guillotina improvisada, un triángulo de vidrio que terminó por desplomarse sobre sus piernas.

Después vino lo obvio. La sangre, los gritos desesperados, las sirenas de las tardías ambulancias, los vanos esfuerzos médicos.

No quiero extenderme pormenorizadamente lo que siguió: el llamado a sus padres, las charlas en el colegio, las discusiones del grupo para encontrar un único culpable y salvar la conciencia propia; todas reglas de decoro ante la tragedia. Sólo quiero mencionar una cosa que desde hace algunas noches punza en mi interior y que sé que no le es lícito responder (tal vez por eso me atrevo a la pregunta): ¿Será que peor que haber asesinado por una imprudencia infantil es aprovechar la anacrónica muerte para hacer literatura?

Las hermanas de Banfield

Existe en Banfield un enorme caserón donde viven dos hermosas hermanas. Sus nombres; Freda y Calda. Freda es rubia y alta. Su cuerpo es armónico, sin voluptuosidades, y hermoso. En su rostro brillan un par de ojos celestes que atraviesan el alma de quien se pare frente a ella. Cuando ama lo hace delicadamente, sin demasiado frenesí, pero con constancia. Su sueño desde siempre fue casarse con un hombre que la ame y la respete, cocinarle todas las noches y despertarlo por las mañanas con jugo de naranja y el diario para que salga al trabajo bien informado. Regalarse cada tanto moderados placeres, como ir al cine, o hacer delicadamente el amor frente a la chimenea que ve morir las brasas. Tal vez tener hijos, uno o dos, a lo máximo. Cantarles con su voz dulce para hacerlos dormir. Envejecer con su marido y ser recordada como una esposa fiel y devota. No faltaban hombres que deseasen semejante hallazgo: una hermosa mujer que desprecie los placeres que podría conseguir fácilmente con tanta belleza para dedicarse a una vida familiar.

Calda, en cambio, era de piel olivácea y pelo increíblemente negro, totalmente lacio y hasta la cintura. Sus ojos, enormes y oscuros. Las mejillas angulosas enmarcaban siempre una hermosa sonrisa de dientes blancos que resaltaban por el contraste que presentaba el manto de su piel. Así como su hermana, Calda poseía una figura esbelta, pero ella sí sabía de voluptuosidades. Era esa suma de cualidades la que le permitía conseguir a cualquier hombre que deseara. No se molestaba en establecer una relación con ninguno porque sabía que siempre había un nuevo pretendiente esperando en su puerta. Lujuriosos jóvenes se trasladaban hasta Banfield desde todos los barrios cercanos. Los de Lanús eran los más rechazados, mientras que los Quilmeños solían tener más facilidad para acceder a la habitación de Calda. La muchacha era fogosa durante el acto, pero fría después. Solía echar a los invitados rápidamente, a veces haciéndolos vestir en el pasillo que conducía a la puerta. Por momentos Calda sentía que faltaba algo, como un calor más duradero que el que proporcionaba la lujuria, pero no sabía qué podría ser. Entonces continuaba normalmente con su vida y hacia pasar al siguiente.

Los hombres que visitaban a Calda vivían una experiencia indescriptible y única. Después de ella todas las mujeres le parecían poco, vivían en la nostalgia, reavivando el recuerdo de aquella noche. No establecían ninguna relación duradera y se volvían solitarios. Algunos aprovechaban la tristeza para escribir poesía, pintar o aprender a bailar tango.

Los hombres que se enamoraban de Freda eran en su mayoría rechazados luego de unos amistosos encuentros en los que demostraban no tener las suficientes virtudes como para disfrutar de lo que la mujer podría ofrecerles. Otros, hábiles en el engaño, lograban conquistarla y vivían durante un tiempo con ella en su mansión. La muchacha los atendía con perseverancia, cuidando cada detalle. No pasaba mucho tiempo hasta que los hombres empezaran a sentirse insuficientes para una mujer tan decorosa y trataran de estar a la altura aprendiendo a hacer flores con el papel metálico del interior de los cartones de cigarrillo o yendo a cursos sobre  educación en la mesa, pero nada de esto alcanzaba y optaban por retirarse durante la noche, despidiéndose con un tibio pero sentido beso en la frente de Freda, que a la mañana siguiente lloraría desconsolada.

En sus futuras relaciones los hombres notaban rápidamente los defectos de sus nuevas novias y las abandonaban sin excusas. Después de un tiempo se resignaban a no encontrar jamás otra mujer como aquella y se volvían solitarios. Utilizaban la melancolía para hacer música, obras teatrales o esculturas.

Hay en Banfield quienes afirman que estas muchachas son ángeles que vinieron a la tierra para mostrarnos una pequeña porción de lo que nos espera en el cielo, y que el dolor que irrumpe luego de conocerlas se debe a que todavía no estamos preparados para gozar el paraíso en toda su gloria. Otros argumentan que son súcubos, demonios que toman formas femeninas para sembrar el dolor en los hombres, y que todos sus encantos y favores son sólo la antesala que hará posible el inconmensurable dolor que llegará posteriormente. Pero existe un pequeño grupo de hombres que descree de ambas teorías. Estos hombres sabios piensan que estas mujeres fomentan el arte y la sublimación y por lo tanto, acertadamente, las llaman musas.

Ningún futbolista nació en San Clemente.

Nació en la noche más calurosa del 80, el quinto día de enero. Lo llamaron, anacrónicamente, Rubén. Rubén Darío. Salió del hospital tres días después de su natalicio. Entre los regalos que lo esperaban en su casa brillaba más que ninguno una pelota de fútbol número 3 que su padre, Omar, había comprado el día anterior.  Durante los primeros meses la madre sentaba al bebé en un andador cada vez que necesitaba hacer cosas en la casa y el padre aprovechaba esta situación para hacer rodar la pelota hasta los pies del niño, esperando que la pateara. Así creció y fueron poniéndose en su cabeza sueños de futbolista, de empezar en las divisiones más bajas de algún club local, de ser ojeado por el representante de un equipo chico de primera división. De ahí directo al exterior, sin pasar por River o Boca. A los seis años lo anotaron en la escuelita de fútbol del barrio, Zonda Norte. Las primeras etapas fueron las de siempre; los ingenuos entrenadores que les gritan a los pibes que no corran todos atrás de la pelota, las peleas entre los padres de las hinchadas rivales, alguna buena gambeta de Rubén que hacía soñar a Omar…

La primera copa se hizo esperar dos años. Si bien para algunos un torneo ganado a los ocho años no significa nada, el señor Darío sabía bien que un crack ya la descose desde chico. Pero Rubén no era bueno. En verdad el problema no estaba tanto en su falta de talento, en la carencia de gambeta, en la mala dirección de los tiros libres, ni los pifies en las pelotas fáciles; esas cosas se solucionan. La traba más grande era (y en el fondo Omar lo sabía) su falta de inteligencia. Esta falta de inteligencia que inundaba toda su vida: en el potrero, en la escuela, en la calle…

Fue rotando de puestos. Lo probaron de delantero, de centro, de carrilero, de defensa, pero nada. Los números se sucedían en su espalda, todos con la misma infructuosidad. Igualmente, como se dijo, era un chico, y en el club le tenían paciencia. Además tuvo la suerte de estar rodeado de compañeros hábiles que podían remediar sus faltas. Si la tiraba larga ellos corrían para alcanzarla, si la perdía en defensa el arquero la tapaba con unas acrobacias fantásticas. Fueron ellos los que lograron el tricampeonato del 93 al 95. En el 96 salieron segundos, pero de todas formas fue un logro que el club nunca antes había siquiera imaginado. Esa categoría les regaló una fama insospechada que no duró mucho tiempo ya que la institución trabajaba con niños menores de 14 años.

Cantero y Rodríguez se fueron a probar a Buenos Aires y no se supo más nada de ellos. Álvarez y Paz se dedicaron a los estudios y no volvieron a rozar los deportes. Rubén todavía guardaba en su alma el sueño de llegar a primera, de la hinchada gritando su nombre, de clavar en el ángulo el último penal de la final por la Libertadores, de llegar alguna vez a conocer la verdadera gloria. O quizá este sueño era el de su padre. Fue por esto que junto con Soto fueron a probarse a Deportivo Esmeralda, un club de la zona, que la peleaba en la C. Fueron dos fines de semana para la prueba y Soto quedó. A Rubén le pidieron que volviera un tercer sábado para una prueba más. Vaya uno a saber qué virtud agazapada habrá creído reconocer el director técnico, pero lo hizo quedarse. Ese año dejó todo en cada entrenamiento, tanto fue así que llegaba a los partidos cansado. Todas las pelotas le quedaban largas, no tenia pique ni velocidad. Casi no se despegaba del suelo en los corners, ni en ataque ni en defensa. En definitiva, no tenía reacción. Extrañamente tuvo una idea lúcida. Se dedicó a practicar tiros libres, tres o cuatro horas al día. Le bastaron un par de meses para ser un experto. La clavaba desde cualquier lado. Hizo seis goles en los últimos cuatro partidos, y aunque la temporada ya estaba perdida desde hacía demasiadas fechas, su nombre empezó a figurar un poco más dentro del ámbito. Lamentablemente repitió primer año. Se dijo que era por tanto tiempo dedicado al fútbol, pero su falta de genio era evidente y la arrastraba desde hacía tiempo. De todas maneras ni a él ni a su padre le importó demasiado; el objetivo era llegar a primera y la escuela no podía hacer otra cosa que entorpecer. Fue así que, contra la voluntad de su madre, dejó el colegio y soñó con el siguiente campeonato.

El esfuerzo dio frutos durante las primeras fechas: acumulaba goles sin transpirar. La táctica era buscar la falta cerca del arco. Una vez que se escuchaba el silbato, Rubén se acercaba relamiéndose. Tomaba por lo general cuatro pasos de carrera, que recorría para empezar con una marcha corta, a la que le seguían dos pasos largos. Después se detenía, levantaba la cabeza y acomodaba la pelota a su gusto. No tardaron los adversarios en evitar las faltas cercanas a los 35 metros del arco. Fue así que comenzó la sequía para Rubén. En cuanto empezaron a espaciarse sus goles sus falencias volvieron al primer plano. Después de algunas fechas lo dejaron en el banco. Si iban perdiendo, entraba en el segundo tiempo con la esperanza de que una avivada terminase por significar un gol, pero era muy difícil. Además sus compañeros empezaron a  simular las faltas descaradamente y después de un tiempo los árbitros dejaron de cobrar incluso las infracciones reales. Todo esto terminó pintando un panorama pésimo para Rubén. Con 17 años y sin ningún destello de gloria empezaban a cerrársele los caminos.  Ese torneo terminó con un tibio mitad de tabla para Deportivo Esmeralda, y una penosa decadencia para Darío. Llegado el verano volvieron los entrenamientos, los amistosos con los clubes de la zona y la temporada de pases. Cuando se anunciaron los refuerzos el nombre Alcides Villalba quedó resonando en los oídos de nuestro jugador. Era lógico que el 10 paraguayo venía a reemplazarlo.

Después de eso se probó en clubes de primera división, sabiendo que allí los goles importan mucho más que en la C. Pero no valía la pena dejar afuera a un buen jugador para poner a uno que perdiera pelotas, que no acertara los pases, que termine trayendo complicaciones en la defensa; todo con la esperanza de que cada tanto clavara algún tiro libre. Era más probable que la presencia de Rubén diera goles a los contrarios que a los propios. Además, por aquella época, en primera sobraban buenos pateadores. Decepcionado volvió a San Clemente, trató de terminar el colegio, de volver a hacer primer año, pero ya había perdido el ritmo (o tal vez nunca lo había encontrado).

En abril dejó los libros y pensó en trabajar.  Primer año incompleto, decía en todos sus curriculums que se veían demasiado vacíos. En los meses sucesivos no lo llamó nadie. Al día siguiente de cumplir 20 años sus padres le dijeron que tenía que empezar a hacer algo, o irse de la casa. Entonces salió a suplicar trabajo en un puesto ubicado sobre los márgenes de la costa. Allí vendían recuerdos de San Clemente. La franquicia era realmente pequeña, apenas un metro por dos. En una de las paredes más extensas, la que miraba hacia al mar, se abría una ventana desde donde se atendía al público. Adentro el paisaje era una grosería excéntrica. Las estanterías atestadas de pequeños objetos de plástico invadían el reducido espacio. Rubén se pasaba el día entre virgencitas y barquichuelos posados sobre almejas, caballitos de mar  que cambiaban de color según el clima, sacacorchos de hombrecitos que simulaban estar sujetando sus partes pudendas, o bolas de cristal que aparentaban una nevada realmente inoportunas para una zona balnearia. Rubén era el encargado de grabar sobre los codiciados objetos alguna simpática inscripción con un tosco fibrón negro, que a veces tenía que chupar para que funcionara.

No le iba mal, pero tampoco bien, por supuesto. Con lo que ganaba le alcanzaba para darle algo de plata a sus padres, y guardar algo, muy poco, para él. Se enamoró algunas veces, y pocas fue correspondido. Hoy tiene 32 años y sigue vendiendo recuerdos en la costa. Si bien, por su edad, sus sueños de futbolista ya están totalmente despedazados, hay quienes dicen que en determinadas noches se lo ve en alguna plaza clementina parado frente al arco pateando tiros libres que estallan contra el travesaño, rememorando las épocas de su juventud en las que los sueños no eran todavía desilusiones y arrepintíendose de la mayoría de sus actos. Hay quienes agregan que mientras tanto, llora.

 

Nota: Desde chico noté que determinadas instituciones buscan ocultar, como con un parche transparente, la pobreza pragmática con simbólicos nombres que remitan a la grandeza, la prosperidad y la ostentación. Así, los barrios marginales se llaman “El Progreso”, “El Trabajo” o “Diamante” más como una expresión de deseo que como una característica real del lugar. En este texto que escribí (mal) a mis 18 0 19 años seguí esta prerrogativa y llamé “Deportivo Esmeralda” al segundo club de Darío, como para representar su austeridad. Como una broma de la suerte, al año siguiente me mudaría de Ciudad y cinco años después cambiaría nuevamente de casa y de calle; exáctamente a la tristísima calle “La Esmeralda”.

Barajas.

Soy conocedor no creyente del tarot y la cabalística. Me instruí en estos rumores del ocultismo como aquel que leyendo sobre Zeus no se arrodilla ante una ermita. Pero también soy un varón obsesivo, y en este privado credo con tamices paranoicos me veo en ocasiones compelido a sospechar que el mundo me habla a través de señales. Lo terrible es cuando las señales no me hablan, sino que me persiguen. Eso fue lo que me ocurrió esta semana.

Atravesaba una plaza, rodeado de la tranquilidad que el aire matutino le otorga a los lugares alejados en las ciudades que amanecen tarde, pronto a adentrarme en un pasaje que en la oscuridad de la noche me parece de lo más terrorífico. Allí, en una esquina inerte se extendía una baraja inglesa, abandonada al viento. No la había notado hasta que ante mis pies se presentó un oscuro as de pica. El que conozca el significado de estos símbolos entenderá la conmoción que me produjo la carta. Igual que el búho, el cuervo y el gato negro, aquella era una señal de la muerte. De mi muerte.

Lo negué y seguí caminando, pero a mis pensamientos se vino aquel relato sobre un hombre al que le es negado el paraíso por no haber visto las señales que el cielo le otorgaba. Tuve que volver sobre mis pasos y recogerlo. Además, como si hubiera perdido la mente, me arrojé sobre las demás cartas para elegir al azar (el azar es ilusorio cuando hablamos de elecciones) las dos que completarían el trío del tarot. As de diamantes. As de trébol. La riqueza y el trabajo. Completamente fuera de mí seguí buscando, sin razón, entre las cartas boca abajo que se extendían por toda una acera para hallar el as de corazones. No lo logré.

Con las tres figuras en mi bolsillo continué el camino hasta mi destino cuando, ahora decididamente perseguido, observé sobre un cantero un uno de copas -existe una traducción de la baraja española a la inglesa en la que el basto se corresponde con el trébol, el oro con el diamante, la pica es la espada y la copa, el corazón.- Ahora ya valido de un cuarteto entero y dispar, completé mis deberes y traté de olvidar el suceso.

Debo decir que casi lo logro, pero esta mañana, mientras caminaba hacia el gimnasio, me esperaba, boca arriba, sobre el suelo, como un guiño del destino que buscaba ratificar el rigor de nuestro primer encuentro, un cinco de trébol: signo del trabajo físico.

Ahora que creo que el azar me está buscando y que trabaja con un oscuro lenguaje que no sé si alcanzo a descifrar, que sé que insiste y da pruebas contundentes de su presencia y sabiduría, no puedo más que sospechar que este es sólo el comienzo de un relato que me será negado terminar de escribir.

Cruz Diablo.

¿Es el amor una invención celestial o demoníaca?

Allí, en los albores del cosmos, antes incluso de la aparición del primer hombre, Dios creó a los ángeles. Un incontable número de Hijos del Fuego conformaron las huestes celestiales. Como ya se sabe, aquella primera entelequia ordenó a sus criaturas arrodillarse ante él, y ante nadie más.

A fin de ahorrarnos exposiciones históricas diremos que con la aparición de Adán, Dios mismo contradijo su primera orden al requerirle a su ejército alado que se arrodille ante su nueva creación. Belcebú, el ángel más hermoso, brillante y fuerte era, al mismo tiempo, el que más adoraba a su Rey. Sentía por Él un ardor tan inmenso que no fue capaz de desobedecerlo y por ello no se inclinó ante el Hijo del Barro. La Luz consideró que este acto de rebeldía constituía una ofensa imperdonable y desterró del Cielo a Lucifer, precipitándolo a los abismos infernales.

Si se me permite ampliar este mito apócrifo, quisiera exponer lo siguiente:
Belcebú sabía perfectamente que su poder, fuerza y belleza eran hijos del amor que habitaba en su alma. Al verse rechazado por su amado, al constatar que su precioso cariño le era devuelto en forma del más horrible castigo, al ser víctima de un terrible fraude, todo el cariño trocó en tristeza, y luego, inevitablemente, en malicia, orgullo e impiedad. Digamos entonces que la maldad del Caído está fundamentada en la tristeza que nació del mal criterio divino. Su odio no se dirigió, por supuesto, hacia Dios, a quién ama, sino hacia el Hombre, causante de su desgracia. Fue por esto que algún tiempo después se presentó nuevamente ante Adán, ataviado como una serpiente, para arrastrarlo hasta el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal y de esa manera lograr que aquél fuera también expulsado del Paraíso. Es decir, Mefistófeles fue expulsado de la grandeza celestial por culpa del Hombre, y el Hombre por culpa de Mefistófeles. Pero déjenme pensar que no fue esta la primera vez que Belcebú perjudicó al Hijo del Barro. Se me impone la idea de que antes de retroceder definitivamente y abandonar para siempre al paraíso, el demonio, enfurecido, se aseguró de que nunca, el Hijo del Barro, amara a Dios como lo hizo él, el más perfecto de los Hijos del Fuego. Así, antes de precipitarse a los fuegos infernales , batió su cola como los tigres rabiosos, y con este maleficio insertó en el corazón de Adán una pequeña espina, de donde brotaron los celos, la posesión, la rutina, el desgano, la traición y todas las tragedias que conforman el desamor. Con estos pases logró Satán volver demoníaca a la más hermosa invención celestial. Lo que siguió fue superfluo: El paraíso le había sido negado a Adán en este instante y no al comer el Fruto Prohibido.

Panóptico.

Los nombres de los personajes de esta historia fueron, a pedido de su protagonista, suplantados por otros, más comunes y seguros. También algunas características y motivos que mueven la acción están tergiversados. No crea el ególatra lector que el temor de la mujer es ser reconocida por el público. ¡No! El pánico se debe a que el perpetrador de los sucesos atroces que siguen jamás ha sido identificado y, con toda razón, creemos que, de reconocerse en este texto, podría reavivarse su tortuosa llama. Advertido el lector, podrá adentrarse en la historia propiamente dicha. Fecha y locación serán omitidas por baladíes; los sucesos que aquí se narran ocurren en todas partes y en todo momento.

Él se hacía llamar admirador secreto y Mariel, su víctima, sentía asco cada vez que leía o escuchaba este infantil eufemismo con el que deliberadamente buscaba velar su condición de acosador. Desde hacía algo más de un año ejercía una constante, metódica y perversa rutina de amenazantes cartas y llamadas telefónicas a las que a veces se le sumaba el escalofriante envío de fotografías en las que podía verse a Mariel en lugares públicos. Esto último la llevó a tomar la decisión de enclaustrarse y por cuatro meses apenas salió a la vereda. Su familia, apartada la ciudad universitaria en la que residía la joven, temía, impotente, un desenlace catastrófico. Martín, antigua y monótona pareja de Mariel, hacía las compras y las denuncias policiales. También le acercaba los apuntes de la carrera que ambos estudiaban y pasaba con ella la mayoría de las noches como un fiel soporte. Mariel se sentía miserable y desdichada. La habitaban la ira y el temor, el encierro y la depresión.

Una noche de tormenta feroz en la que todos estaban recluidos como ella, un maullido desesperado la llamó desde el exterior. Corrió a abrir la puerta y del otro lado la esperaba un cachorro de ojos dulces y pelos largos. El hidrófobo animal corrió buscando el reparo del interior de la casa y el vínculo entre la bestia y el humano fue instantáneo. Tan alegre estaba por su nueva amistad que olvidó por un momento sus temores. A la mañana siguiente corrió hasta una veterinaria en la que compró comida y accesorios para la flamante mascota. Algunas tardes llevaba al gato hasta algún parque y allí se recostaba a leer. El animal le retribuía el cariño acompañándola en todo momento: allí estaba mientras Mariel cocinaba, dormía o se bañaba. Ni siquiera declinaba su insoportable lealtad cuando los gritos del sexo lo remitían a una impúdica batalla y se veía obligado a arremeter con feroces zarpazos contra la desnudez de Martín.

El simpático animal había logrado que Mariel se sintiera un poco mejor. Además el silencio del acosador ya se había prolongado por tres semanas y la ilusión de que esa paz fuera eterna crecía en el pecho de la mujer. Tal vez, pensaba, se había aburrido de ella o encontrado alguna otra víctima. O quizás había sido apresado por otros crímenes, o por ellos había caído en manos de esa justicia que, prescindiendo de estratos jurídicos, es ejecutada por las víctimas.

Las ilusiones (y esta es su esencia) eran falsas y el silencio sólo una pausa necesaria para la consagración del plan.

Un día como cualquiera retornó la comunicación. Un correo electrónico se anunció en la pantalla de la computadora y, al ver su contenido, Mariel sintió un escalofriante sudor frío recorriendo su espalda. Docenas de fotos y de videos de su más íntima desnudez eran revelados en esas imágenes virtuales. Ahogada por el llanto y la humillación, encolerizada y deshecha, se volteó para ver a su gato, la única alegría que se le había presentado desde el comienzo de esta agonía, y, con un infinito sentimiento de horror, se reprochó nunca antes haber reparado en el inorgánico brillo metálico que resplandecía en el fondo del ojo derecho del animal.

Narcolepsia.

En el año 2016 pasé dos meses impedido de realizar determinadas actividades dado que padecí una insoportable narcolepsia que me aquejaba en los momentos más inesperados. Pero lo destacable del infausto suceso es que al caer en trance no me zambullía en un sueño producto de mi vida onírica sino que habitaba en el sueño de un otro.

 

El primero de los desconcertantes episodios ocurrió el domingo 15 de Mayo, el mediodía en el que celebrabamos el cumpleaños de mi novia. En el fragor de la reunión una abrupta caída me depositó sobre una mesa que no soportó el imprudente proyectil  y terminó desmoronándose,  produciendo el asombro de los presentes.

 

Lo siguiente que vi fue una majestuosa iglesia de colores vivos y diseños lisérgicos, con cúpulas doradas, verdes y azules. Algunas parecían una piña invertida, otras la cumbre espiralada de los helados. Un hombre algo más alto que yo, algo más rubio y quizás igual de flaco se alzó ante mí y me habló en una lengua de lo más incomprensible. Le comuniqué, en un modesto inglés, mi desconocimiento del idioma ruso. Expliqué también que aquello no representaba un problema dado que habitábamos un sueño mío y que él no era más que un producto de mi imaginación y por lo tanto podíamos entendernos en castellano, o acaso sin hablar. El otro, en un sajón torpe, como pronunciado por lenguas metálicas, enderezó mi argumentación y me puso en el conocimiento de que ese era un sueño compartido y de que él gozaba del más alto status ontológico. Yo reí al ver que mi creación me enfrentaba con tal rebeldía. Lo llamé, bromeando, Mefistófeles. El hombre insistió y buscó demostrarme su existencia llevándome a recorrer la Plaza Roja. Allí me relató terribles historias de guerras, me habló sobre la Iglesia Ortodoxa Rusa y me deleitó con su sapiencia ante cada escultura y edificio histórico. Yo disfruté de la liviana tarde, del sol filtrándose por entre los monumentos, del aire tibio acariciandome la mejilla y de la voz del hombre que me explicaba el entorno con una suave paciencia. Le manifesté que esa agradable alegría estaba empañada por el conocimiento de su irrealidad: eran mentira el sol y los monumentos, eran mentira el hombre y su extranjera voz. Mentira eran las estatuas y su historia y también las sensaciones de mi piel. Sólo el dormir era real.

 

El hombre se ofuscó y, como revelando una verdad que hubiera preferido ocultar, me confesó que ciertamente ese era un sueño, pero no un sueño mío sino una fantasía compartida y dominada por él. Ninguno era un producto de la imaginación del otro y ambos estábamos dotados de voluntad y libre albedrío, aunque era evidente que en alguna medida él era el amo y yo el esclavo, dado que estabamos en sus tierras.

 

Desperté luego de esta breve comunicación y no dí crédito a lo sucedido. El idioma ignoto sería algún balbuceo incomprobable, el ominoso varón, un juego de mi mente. La iglesia rusa, una plasmación desfigurada de aquellas que había visto en Buenos Aires cuando todavía habitaba esa capital. Los monumentos, pura creación artística de mi imaginación. Pero la calma no duraría mucho. No había pasado una semana y el encuentro helado se repitió. Esta vez el entorno me pareció más comprensible y por eso más memorable. Parecía entrar por mis ojos de otra manera. Ya más calmo pude reconocer la Catedral de San Basilio. ¿Cuál era la causa ocasionante de este inédito encuentro de dos desconocidos en las fantasías oníricas de uno? Me propuse encontrar al hombre para juntos resolver el misterio. Tan sólo con darme media vuelta encontré su figura observandome desde unos diez metros, confiado y sin temor. Se acercó y me dijo que debía alegrarme verlo abrigado, ya que gracias a eso yo no sentiría el frío del ambiente. Mi rostro debe haber mostrado mi falta de comprensión porque el hombre se extendió.

 

– Este es mi sueño y tú habitas en él, eres un huésped en mi palacio: tu libertad es incompleta. Si quieres correr por la ciudad, no podrás alejarte más allá de los límites de mi conocimiento. Si alguna sensación fisiológica me invade, como ocurre en los sueños corrientes, también será tu sensación. Por el momento ninguno es capaz de ejercer el control sobre el ansiado despertar ni sobre el sueño temido. Soy incapaz de decidir sobre mi ingreso en el dormir, pero sospecho que una vez que por azar cruzo la frontera, te arrastro también a este lado de tu mente.

 

Comprendí lo que me decía y le propuse explorar esa realidad dado que, por ser un producto onírico, sería tan novedoso para él como para mí. Quizás más respuestas nos esperaran agazapadas en los rincones de Moscú. Se negó, se excusó vagamente y comenzó a hablar de trivialidades, por lo que perdí el interés y la atención. Poco tiempo pasó hasta que volví a mi realidad cotidiana.

 

En pos de la brevedad diré que los encuentros se volvieron, no menos esporádicos, pero sí más intensos y duraderos. Además advertí, no sin temor, que tras el despertar comenzaban a invadirme eslavos efectos. En una oportunidad mi lengua madre desapareció por casi tres cuartos de hora, siendo ésta sustituida por un perfecto ruso. También me ví firmando planillas que había fechado con un error de trece días, cosa que se explica fácilmente si sabemos que el calendario juliano retrasa casi dos semanas con respecto a nuestro calendario gregoriano.

 

Durante un sueño ocurrido a finales de Julio quise saber si el otro lejano presentaba similares síntomas durante la vigilia, por lo que pregunté si había sentido algún antojo de asado, alfajores o dulce de leche. Si había llorado por algún tango o se había vuelto estúpido, colérico o enfervorizado por un partido de fútbol. Si se había posado en su pecho una nostalgia con olor a puerto de península ibérica o itálica, o si había devorado con ansias algún libro de Borges, de Cortázar, de Dolina o de Pizarnik. El hombre me confesó que esos síntomas eran unilaterales y me detalló el porqué. Con horror oí que mi anfitrión era un aprendiz de hechicero y que por azar yo había caído en su celda. El siniestro personaje que me recibía en sus sueños, el hacedor de mis pesadillas, no lograba controlar por entero sus poderes, pero progresivamente iba ejerciendo sobre mí un influjo atroz, una dominación que ninguno de los dos sabía hasta dónde llegaría. Se estaba apropiando de mi ser.

 

El último de nuestros encuentros se produjo el 9 de Julio del 2016. Yo me preparaba para asistir a los festejos por el aniversario de la declaración de nuestra independencia cuando caí rendido a los pies de la puerta de salida. Mi rubio enemigo estaba exultante, eufórico. Había hallado el método mágico que produciría la alquimia de nuestras almas, la transmutación de nuestras conciencias en la corporalidad ajena. Me negué rotundamente y el hombre insistió. Luché como una fiera circense, es decir, con potencia, pero sabiéndome derrotado. El hombre, con gesto adusto y tono autoritario, declaró con énfasis que de no aceptar ese ofrecimiento procedería con la segunda de las posibilidades que consistía en apropiarse de ambos cuerpos, siendo indeterminado el destino de mi conciencia. Palidecí. Nunca me había enfrentado tan directamente con la muerte. Traté de argumentar, de implorar clemencia, de injuriar al enemigo. Traté de hacerme entender pero el terror me llevaba a esgrimir incoherencias. Me expresaba como aprehendiendo a caóticos zarpazos las palabras extraídas de un diccionario que me resultaba infinitamente insuficiente. Lentamente mi conciencia se fue cercando en sí misma y dejé de saber si escupía mis palabras en la frente de mi enemigo o si ya estaba solo, gritando contra el viento. No lo supe, y no tuve conciencia de no saberlo.

 

El trance acabó en algún momento que desconozco y desperté en mi hogar. Miré mi calendario que marcaba el 26 de Junio y no me representó nada. Me acosté a dormir, esta vez por obra de mi voluntad, porque me sentí exhausto.

 

Un año me aleja de aquel misterioso suceso que no logro extraer de mi memoria. Todavía no sé discernir cómo escapé de aquel último encuentro. Todavía no sé discernir si escapé de aquel, nuestro último encuentro. Todavía no sé discernir si mis deseos, mi voluntad, mi conciencia y mi albedrío me pertenecen o si una oscura fuerza me habita y me domina. Pero si reflexiono seriamente, si me remonto al liviano tiempo anterior a mi afección, debo confesar que tampoco entonces podía asegurar ser por entero de mí mismo. Algunas noches se me da por pensar que no soy único y que todos somos movidos por tal cantidad de determinaciones que acabamos habitados por ignotas fuerzas que, bajo la superficie, nos susurran al oído sus demandas. Y que lo hacen con voces tan similares a la nuestra que accedemos a sus órdenes creyendo que procedemos, con toda voluntad, a satisfacer nuestros propios deseos.

Canción de arrepentimiento para una desertora asesinada.

Deseo relatarles esta historia ocurrida hace tanto tiempo que ya no puedo precisar con exactitud qué partes corresponden a los hechos realmente ocurridos en Mayo del ´72 y cuáles son un juego de mi imaginación que con una mezcla de bondad y compasión se atiene a bordar entre los jirones del relato original unos contundentes trozos de fantasía.

Primero déjenme ponerlos en contexto: La escena transcurre en un mítico pub de Buenos Aires que había logrado cierta notoriedad por haber albergado a varias de las incipientes bandas de rock que comenzaban a gestarse en esa Argentina en vísperas de la dictadura sangrienta. Desde el escenario deslumbraba el conjunto que posteriormente daría la pista (probablemente aquí correspondería decir “confesión”) que el detective necesitó para resolver el asesinato. El apellido de este buen investigador ha aprendido hace tiempo a esquivar los brazos de mi memoria, pero lo llamaré Barkley para dotarlo de la mítica que le corresponde al policial inglés.

Detrás de bambalinas se ubicaba la mujer que llamaremos P. y que por momentos denominaremos “la víctima” en pos de evitar repeticiones cacofónicas. Del otro lado del escenario el público vibraba con cada acorde. Ellos no lo sabían, pero estaban encerrados dado que el dueño del lugar, una vez iniciado el concierto, cerraba las puertas con unas gruesas cadenas para evitar el ingreso de sujetos que quisieran penetrar en el establecimiento sin las entradas correspondientes. Este dato sería relevante para descartar un posible escape.

Ahora vayamos a los hechos tal como llegaron a oídos del Señor Barkley: La señorita S., hermana de P., no recordaba haber visto a la víctima salir al escenario ni mezclarse con el público. Tampoco había advertido que se fuera con algunos de los músicos o que hubiera ayudado a cargar los instrumentos en el Citroen 2CV de la banda, trabajo que ambas realizaban para el grupo desde hacía algún tiempo. Recordaba (y esto la atemorizaba) haber escuchado una discusión entre su hermana y uno de los dos vocalistas. El motivo eran unos exagerados celos que se imbrincaban, en un un contexto más amplio, con una feroz lucha de egos entre los dos cantantes. La mujer había sido pareja de uno de ellos y luego había preferido darle su cariño al otro. La conducta del abandonado era, según el decir de S., cada vez más violenta.

Barkley no dudó un instante en caratular el caso como un asesinato y luego de interrogar a los asistentes de la banda obtuvo la impresión de que todos habían sido cómplices en alguna medida. La primera hipótesis de nuestro detective fue que el cuerpo había sido escondido en el estuche de algún instrumento amplio, tal vez diseccionado en varias partes y movido con paciencia hacia el exterior. Desde allí podría haberse desechado en cualquier parte. Decidido a encontrar al culpable examinó con meticulosidad obsesiva cada compartimento que alguna vez hubiera contenido una guitarra, un bajo o cualquier otro instrumento. Desarmó cada amplificador, convencido de que podrían haber sido vaciados y que allí podría hallar alguna pista. No obtuvo absolutamente nada.

Con más resignación que convencimiento decidió retirarse de esta hipótesis y buscar por otros rumbos. En principio destinó a una exagerada cantidad de efectivos policiales y detectives a realizar una nueva ronda de interrogatorios a todos los músicos y asistentes. Luego a todos los trabajadores del establecimiento que recibió a la banda, incluido el dueño. Otra vez no halló más que el fracaso.

Ya al borde de la locura ordenó desinstalar la totalidad de las instalaciones sanitarias convencido de que el cuerpo podría haber sido quemado o diseccionado en tan pequeños trozos que podría haber sido arrojado por un excusado. No encontró ningún trozo de cabello, piel o hueso, aunque sí algún rastro de sangre en un retrete de toilette de damas. Claro que esto no representó una prueba concluyente dado que todavía faltaría una década para que se utilizara la técnica de ADN para la investigación forense. Ese minúsculo rastro de sangre no delataba ningún crimen, simplemente podría tratarse del inoportuno advenimiento del síntoma que descarta el embarazo. Pero, se trate de la existencia de Dios o de un asesinato, las ideas se aferran con brutal certeza en aquellos que más que una verdad buscan una confirmación de su deseo. El detective no había hallado a la víctima y mucho menos al culpable, pero se sintió cerca y esto lo arrojó en la más absoluta depresión cuando los juzgados desestimaron el caso y lo recapitularon como desaparición.

Abatido y hundido en el alcoholismo, Berkley destinó cada día y cada breve lapso de lucidez a resolver lo que él consideraba un asesinato. Ya dos años lo alejaban de aquel Mayo de 1972, pero todavía el crimen lo aquejaba como las siniestras sombras perseguidoras someten al psicótico. Buscaba la respuesta con una meticulosidad cercana a la insanía. Todo le representaba un signo, una metáfora o una sinécdoque que lo remitía al hecho. Los resultados le eran esquivos, pero a veces la suerte es amiga del desdichado: como una epifanía dictada por el Dios, como una revelación, el radiófono pronunció los acordes del nuevo lanzamiento de la banda homicida: en cada letra, en cada palabra y en cada estrofa vio una confesión explícita. Berkley supo lo que debía hacer y se dirigió al pub donde todo había comenzado. Allí cartografió el lugar con unas exhaustivas mediciones. No se le escapó ni un centímetro en su afanosa precisión. Midió cada salón, el escenario, cada sanitario y todo lo que lo componía como si se tratase de la reencarnación de Martín Waldseemüller. Halló una discrepancia de 53 centímetros en el ancho de una corta pared de rocas y palideció. Supo que bastaría con derrumbar ese muro para encontrar el cadáver profanado por la putrefacción. Decidió entonces que la investigación había llegado a su fin y era momento de terminar.

Con plena intención he omitido hasta el momento revelar qué movió a Barkley a tan exhaustiva investigación. No fue un poderoso deber cívico ni aún una destacable pasión profesional sino un no olvidado amor. La señorita P. no era otra persona que su más duradera y querida pareja, una dama que lo abandonó tras comenzar una relación con el vocalista que mencionamos al inicio y se tornó en su alma en una herida que nunca sanaría.

Volvamos entonces un momento atrás. Barkley halla la discrepancia y deduce que allí se encuentra el cadáver de la novia ausente, de la desertora asesinada. Entonces llora y decide que la investigación ha llegado a su fin y es momento de terminar con su vida.

Vuelve a su casa y toma todas las pastillas que componían su botiquín. Se sienta a esperar el fatal desenlace mientras la emisora de radio repite por la madrugada la programación vespertina. Mientras desfallece oye, como si fueran ecos lejanos, las estrofas delatoras. Mientras su conciencia se pierde en otro universo sus tímpanos siguen vibrando a causa de las voces que cantan la arrepentida confesión y él no puede evitar imaginar el suplicio de la amada muriendo en aquella prisión de roca.

“Detrás de las paredes

que ayer se han levantado

te ruego que respires todavía

Apoyo mis espaldas

y espero que me abraces

atravesando el muro de mis días

Y rasguña las piedras…”