María en sueños.

Nota: Las noches suelen acosarme con pesadillas y parálisis del sueño, pero esto no está tan mal porque a veces me dan el material bruto que necesito para escribir un cuento y espero que a fuerza de práctica algún modelado me quede un poco mejor que decente. Este relato tiene la particularidad de ser la transcripción literal de algo que me pasó un par de noches atrás, eso que llamaría “una historia real” si no creyera que todo suceso es ficcional.

Era un mediodía soleado, vísperas de una tarde alegre. Podría decir que nos rodeaba un clima templado, pero no estoy seguro. Lo supongo en base a las imágenes oníricas que sin voluntad produje durante el dormir que antes de terminar abruptamente me envolvía con la fuerza de lo real.

Junto con mi familia y mi novia nos disponíamos a hacer un asado en la terraza del edificio que abandonaba (creo recordar que en el sueño se establecía que por un largo período había habitado ese domicilio, pero no sabría especificar más). Allí hablábamos sobre la historia de Dear David y otras cuestiones paranormales.   Fue por eso que llevé a mi padre hasta las cercanías de una casilla en la que se guardaban las herramientas del encargado. “Allí -comenté- nacen todas las apariciones de las que hablan los vecinos”. Yo no había presenciado ninguna, pero oscuramente sabía que era común escuchar los gritos de personas espantadas en los pasillos nocturnos.

Lenta y convenientemente vi aparecer una figura que luego de unos instantes obtuvo la apariencia de una mujer ni muy joven ni muy anciana, de piel grisácea y nariz tosca y aguileña. Petrificado la vi caminar hacia la puerta y luego salir. Hipnotizado comencé a repetir un saludo. “Hola María” decía una y otra vez, como un mantra involuntario, tanto en el sueño como en la realidad, como un puente de palabras. No era un pronunciar corriente; era como un canto de sirenas con el que me atrapaba a mí mismo, que me dejaba poseído por una música lúgubre y eclesiástica, con la forma de un canto gregoriano.

Con esfuerzo miré a mi padre que me observaba extrañado, por lo que constaté que la visión me había tomado únicamente a mí. Y tanto fue así que lentamente todo a mi alrededor comenzó a oscurecerse y a desaparecer, inclusive María. Rodeado de tinieblas podía sentir la presencia fantasmática, pero ya no verla. La marea oscura no solo me envolvía; también me tumbó y así me trasladó hasta un sitio que en principio no logré reconocer dado que la visión era nula. Progresivamente la oscuridad se fue difuminando y pude constatar que estaba en mi habitación, recostado inmóvil en mi cama. En ningún momento había dejado de repetir el mantra. De un modo que no alcanzo a comprender supe que la presencia se hallaba de pie en el otro extremo de mi habitación y aunque no lograba verla pude presentir su paso lento acercándose a mí. Traté de moverme y de gritar, pero lo único que mi boca sabía pronunciar era “Hola María”. Cuando llegó a mi lado se detuvo a mi derecha, junto a mi cara, entre la cama, el velador y la pared de mi habitación. Desde su altura me observó por un instante. En ese momento la desesperación fue máxima y el mantra, vociferado, logró devolverme a la conciencia.

Ominoso y terrible despertar: la realidad, como calcada del sueño, me encontraba tendido en mi cama, petrificado, en una habitación oscura, con el aire todavía poblado por los ecos del mantra. Sólo una cosa había cambiado: en la realidad no estaba solo. A los pies de la cama pude ver a mi gata. Pero extrañamente esta noche no dormía. Desde su sitio, con gesto combativo, observaba tenazmente el espacio vacío que había a mi lado, entre la cama, el velador y la pared de mi habitación.

 

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Sombras.

La mujer ciega camina por la calle empedrada sin noción de la oscuridad que la envuelve. Vuelve del mercado hastiada por las voces inevitables que la aturden y los toscos cuerpos que como una marea la arrastraban contra su voluntad. En su reino de oscuridad no reconoce el día o la noche; no tiembla con el último rayo del sol, no teme encontrar una sombra junto a la imagen que le devuelve el espejo ni verla pasar fugazmente frente a su silla, ni percibirla entrando por la puerta de su habitación.

Llegó hasta su umbral y abrió la pesada puerta de madera. Oyó que el cascabel de su gata estaba cada vez más cerca. Le dejó algunas cabezas de pescado que un mercader le había obsequiado, pero el animal pareció alejarse. No le dió importancia y se dispuso a acomodar los productos que traía en las pesadas bolsas de mimbre, incomodada por la ceguera, por el ostensible arco de su espalda y el persistente dolor en sus piernas que la obligaron a descansar antes de terminar su tarea. Junto a su silla dejó un sol de noche encendido. No buscaba alumbrarse, como es natural, sino que el tibio aire que llegaba desde las llamas, el olor a querosen y el leve chisporrotear del fuego le recordaban a aquellas lejanas noches familiares, en aquella época en la que nadie había muerto. Sintió al cansancio disiparse lentamente, o tal vez tomarla por completo, mientras se iba sumergiendo en una plácida sensación de protección, en un resabio de la niñez que no conoce de tragedias. Ecos de voces ya inexistentes parecían llegar desde lejos, ruidos de platos y de niños jugando que adornaban esta especie de sueño, de profundo recordar. Los paisajes de la ceguera están poblados por sonidos y fragancias y de esta textura son los recuerdos que no precisan de imágenes. Por esto la potencia de este revivir alucinatorio fue tanto mayor que lo que podría entender el lector.

Derrumbada sobre la silla se fue dejando habitar por la marea de otros tiempos. Cerró, redundante, los ojos y se perdió en el sueño.

Pasado un rato sintió como un golpe sobre su falda y despertó bruscamente. De inmediato oyó la caída de los objetos que habían quedado sobre la mesa y el cascabel detenido a lo lejos. Reprochó al gato la torpeza de sus movimientos y trabajosamente procedió a levantar y ordenar las compras vespertinas. Tomó algunos trozos de pan y un vaso de agua y los llevó hasta la habitación donde comió rápidamente y se dispuso a dormir.

Apenas entrada la madrugada escuchó estallar el vaso contra la rigidez del suelo de madera y nuevamente el ruido del cascabel como una confesión.  Lo que siguió fue un tormento pues la gata se mostraba inquieta y el viento azotaba las ramas de los árboles cercanos contra el techo de la casa como en una batalla de titanes o de la naturaleza contra la civilización. Se oía al animal corriendo por los pasillos como queriendo huir del escalofriante susurro del bosque o rasguñar la puerta de salida como queriendo volver a su estado natural. Cuál de las suposiciones era correcta no lo supo, pero lo importante era pensar para ahuyentar el miedo.

La penumbra fue el nombre del desconcierto. El oído, confuso, trastocaba los sonidos y se los entregaba desordenados a una razón dominada por la paranoia. La mujer se sentó en la cama como para defenderse de un ser desconocido que en su mente había tomado todas las formas de la imposibilidad.

Caminó por la casa a veces acercándose a la fuente de los ruidos, a veces alejándose impulsada por el miedo. Envuelta en la sombra el apuro era constantemente fatal para su equilibro y en más de una ocasión no pudo evitar la caída. Deseosa por volver a la aparente protección de las sábanas corrió por el pasillo y sintió que el animal se cruzaba entre sus piernas y la tumbaba estrepitosamente. Diminuta, vieja y temerosa sintió que el miedo la envolvía y que no era un miedo informe sino un espectro que la abrazaba y la asfixiaba mientras ella arrojaba a los aires los brazos espasmódicos que buscaban librarse de un ser que de pronto juzgó inexistente. Aferrada al bastón buscó asidero en las paredes del pasillo y logró recomponerse.

Caminó con cuidado hasta la habitación sintiéndose acompañada durante todo el trayecto. El temor se asentaba como una piedra indigeríble sobre su glotis y el llanto escapaba en pequeñas dosis. El espanto, la impotencia y la ceguera se amalgamaban formando una ira sin destino por ser el sentimiento mucho mayor que sus fuerzas.

Escuchó a lo lejos seis campanadas y asumió que afuera el día había dominado a la noche. Apoyó la palma de su mano contra una ventana y una sensación tibia la llenó de esperanza. Los gatos, animales nocturnos, se dejan subyugar por el día y se rinden a la inactividad. Ya había concluido toda la locura, todo ese juego de una imaginación perversa.

Recién asomado el sol cesaron los ruidos y la mujer pudo conciliar el sueño. Unas tres horas después tocaron la puerta. Era el joven que diariamente la asistía en sus tareas hogareñas. La mujer tardó en abrir ya que le fue trabajoso retornar a la vigilia. Salió de la cama. Ayudándose con el bastón evitaba los posibles obstáculos del suelo. Con la mano libre acariciaba suavemente la pared del pasillo para reconocer el fin que desembocaba en el comedor. Allí tanteó la distancia hasta la mesa con la punta de la vara. Ya asida al mueble lo recorrió con el tacto para guiarse hasta la puerta de entrada. Con un movimiento sutil golpeó un objeto pequeño que rodó y cayó al suelo. Un ruido metálico, un cascabel. A penas sorprendida tomó el picaporte y le permitió el acceso al joven que, desde el otro lado, consternado, sostenía entre sus brazos al pequeño gato que había hallado en el umbral, destripado y carcomido por dos calurosos días de putrefacción.

Homo Sacer

Nota del (por decir de alguna manera) autor: Homo sacer fue una figura perteneciente al derecho romano que se encargaba de arrebatarle a aquel que cayera bajo esta pena su completo ser político, es decir, quedaba despojado de derechos. Se lo rebajaba a la nuda vida. Cualquiera podía darle muerte porque era un sujeto que, por haber cometido un delito, se tornaba sacrificable. Sacer es el masculino de sacra y significa “dedicado a la divinidad”.

Un homo sacer vaga dentro de las fronteras romanas. Fue condenado a un destierro sin exilio, a la permanencia en ausencia. Un hombre sin derechos no pertenece a su sociedad. Podrá ser muerto por cualquiera. Podrá ser humillado y lacerado. Podrá ser reducido infinitesimalmente hasta ser nada. Camina temiendo a cada ser que se le aproxima, a cada instante que avanza, a cada nuevo paso. Todos los que eran sus iguales hoy son sus amos. Por nada lo asistirá la justicia. Cualquier crimen que se perpetre en su carne quedará impune: fue convertido en un juguete de caza. El temor a la muerte inminente (esto no es una idea sino un temblor que habita su carne) es peor que la muerte en sí. No se siente animal, no se reconoce perro; mucho peor: se sabe esclavo.

En el homo sacer se sospecha la tragedia y se presiente la injusticia. Es una entidad destinada al dominio general, un vasallo de la sociedad toda. Un sujeto que conoce su ser para la muerte; su muerte vacía de justicia, su muerte llena de olvido.

Nadie juzgará a su asesino. Nadie llevará flores a su tumba. Nadie siquiera enterrará su cadáver.

En las arenas del tiempo se perderá su nombre. Sus vivencias, sus placeres y tormentos desaparecerán con su conciencia. Pero la muerte no llegará con su último suspiro sino mucho antes: la sentencia de homo sacer lo penitencia con la nuda vida.

Pero quisiera saber, ¿qué derecho de justicia asiste ante la muerte a los que gozan del privilegio de la ley? ¿No son, aquellos que auspiciaron de verdugos, sometidos de una ley superior? ¿Qué certeza de inmortalidad le es dada al hombre? ¿Qué defensa contra las tragedias lo habilita a sentirse, en algún momento, en paz?

Si juzgamos la existencia de un hombre comparada con la inmensidad del tiempo sabremos que nada lo diferencia de aquel que vaga por Roma. Todos caerán, eventualmente, en el destierro peor: el olvido. Cada cual transita por su existencia siendo propenso a las más horrorosas tragedias y calamidades. Todos serán devorados por la muerte en un instante atroz que no podrán figurarse antes de vislumbrar sus fauces. Si alguien muere por enfermedad o por vejez (que son la misma cosa) no habrá ley terrenal o celestial que le de justicia. Si otro muere asesinado, por alta que sea la pena que recaiga sobre el matador, nada cambiará en el estado del muerto: no tendrá ni noticia del suceso. Peor es el caso de la justicia divina; aquella siquiera existe.

Todo hombre es homo sacer frente al tiempo, el olvido y el destino, que es la muerte.

En sueños.

Somos hijos de soñantes que en su mente dieron forma a sujetos que (con suerte) respondieron a su norma. Todavía en la adultez actuamos por ecos de aquellos determinismos implantados en estos días iniciáticos. No sabemos hasta dónde nuestros deseos son designios del pasado, qué voluntad es el obediente cumplimiento de una orden. Es doloroso saberse atado, conocer la trágica incapacidad de acceder a la libertad. Los romanticistas sospechaban que sólo en la soledad, lejos de las cadenas que la sociedad nos impone, podemos encontrar esta completa autonomía. Desde la aparición del psicoanálisis sabemos que esto es incorrecto; aún el anacoreta convive en su interior con múltiples personajes representados en la ley suprema del lenguaje.

Tampoco el animal es libre, ya que está dominado por el instinto. El libre albedrío parecería no existir más que en medidas irrisorias e impuras.

Al menos podemos estar seguros de algo: nuestro cuerpo nos pertenece. Pero de pronto aparece una idea que a todo aquel que la haya pensado debería producirle un escalofrío, un pavor extraño: somos, como al principio lo fuimos, susceptibles de ser soñados. ¿Cómo es que nuestra imagen, despojada de nuestro albedrío, deja de pertenecernos?

Cada noche podemos convertirnos en los ominosos maniquíes que alguna mente perversa utilizará para jugar a aquello a lo que nos negaríamos en la realidad. Quién sabe a qué atrocidades nos prestaremos en las fantasías oníricas de aquellos que alguna vez hayan percibido nuestro rostro. Así, el soñado se convierte en un esclavo del soñante y sin siquiera saberlo se presta a ser humillado, desnudado, degradado, o acaso glorificado. No hay en aquel ni vergüenza ni orgullo, pero no por esto se puede dejar de sentir cierta sombría impaciencia, un temor ansioso.

Será que el horror que nos produce esta certidumbre se remite a aquel lejano tiempo en el que, indefensos, dependímos de otros que pudieron ser benévolos o malévolos. O será tal vez que nos duele ser poseídos de cualquier forma, tal vez porque tenemos muy arraigada la idea de ser dueños de nosotros mismos.

Cualquiera sea su causa, una cosa es segura: quien haya reflexionado por primera vez en este estado de cosas no podrá evitar, esta misma noche, recordar a aquella persona que le infunde temor, rechazo o náuseas y figurarse cómo, en sueños, se convierte en su dueño. Todavía más: no podrá evitar en este mismo instante imaginar todas las atrocidades que sobre su cuerpo perpetrará aquella espantosa criatura.

El Uno.

“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonía?”

J.L.Borges

 

En un hospital antiguo como el tiempo y amplio como el cosmos yace, desde siempre, un misterioso hombre. Los empleados de la institución nada saben sobre su pasado ni sobre cómo llegó a esa cama en la que habita comatoso, sin miramiento por el tiempo ni la realidad. Se lo supone, míticamente, el primer interno y por ello lo llaman El Uno.

Los médicos ya no se interesan por el misterio que figura el hombre que sin el sustento de artefactos mecánicos se mantiene, a la vez, con y sin vida, pero periódicamente lo visitan enfermeras que lo cuidan de las escaras y vigilan su actividad cerebral.

En esta pasividad motriz transcurren los días.

Quién sabe qué esperanza o motivación movió al flamante director del hospital a practicar sobre El Uno un extraño procedimiento que buscó sacarlo de su estado de puro pensamiento. Allí se situó junto al inmóvil y con extravagantes artificios osó perturbar el ignoto sueño. Tan convencido estaba de su hazaña que no consideró refrenarse cuando el suelo que habitaba comenzó a moverse bruscamente. Cuando el cielo raso y las paredes comenzaron a desmoronarse se sintió desafortunado y creyó comprender que un violento temblor asolaba sus tierras en el preciso momento en el que estaba por conseguir su proeza. Cuando notó que también su cuerpo se desvanecía supo que él y todos sus colegas, sus coterráneos y coetáneos, las ciudades y los parques, los atardeceres y amaneceres, el espacio y el tiempo; todo era una fantasía proyectada por aquella mente prodigiosa. Pero no supo señalar, como hubiera hecho Plotino, que detrás de aquel durmiente habitaba, como escondido, el poseedor de la Otra Mente. Aquella inteligencia primera, que durmiendo se sueña, en la fantasía se adueña de segundas sombras que con soberbia ignorancia proclaman independencia, sin saber que su existencia no es más que sustancia de generación tercera.

Disculpas + 1° capítulo

Hace varios días que no estoy subiendo nada a esta página, y podría ser que pasen algunos más. En parte porque estoy un poco ocupado entre el trabajo y el posgrado que estoy haciendo, además de otras actividades, pero sobre todo porque no se me cae una idea para un cuento. Bueno, tengo algunas ideas dando vueltas en la cabeza, pero son jirones sueltos y no una trama que pueda seguir. Esto se potencia porque hace un tiempo que estoy escribiendo un libro surrealista y profundamente oscuro que termina consumiendo casi todo lo que podría ser un cuento individual. Pretendo hacer un libro corto, de capítulos rápidos y caóticos con un lenguaje espeso y unas imágenes perturbadoras que conmuevan la conciencia de los neuróticos. Sí, soy psicólogo y quiero usar lo que sé para meterme en lo hondo de las conciencias humanas y molestar un rato en esas ideas retorcidas que la gente busca no aceptar.

Como pedido de disculpas, y como prueba de la excusa, voy a subir el primer capítulo.

No puedo dejar de pensar que este mensaje es un poco pedante, porque no me lee mucha gente, pero me decidí a hacerlo porque, otra vez, soy psicólogo y sé que cada persona tiene valor individualmente y no se necesita una masa inmensa de lectores para empezar a ser respetuoso. Entonces esto es para cada uno de ustedes, cuatro o cinco personas que me leen. Espero que lo disfruten (de una manera oscura y retorcida, como se disfruta a veces el dolor). Muchas gracias.

I

Recuerdo cuando llegué a este mundo, poblado de dolor, él y yo, bañados en llanto. En el cobijo de la madrugada me desprendí del vientre que era mi aposento para formarme lentamente en el ser que luego daría los primeros pasos en busca de mi destino, trágico como todos.

Anoticiadas del parto, las alimañas esparcieron el rumor: las bestias, en su sabiduría, huyen de las calamidades incluso antes de que el hombre, adoctrinado en la comprensión de banalidades, se cuestione por qué corren.

Sellé la muerte de mi madre desangrándola. Broté con sus hemorragias, conversé con su sangre y trabamos amistad. Me arrastré por los montes con la pesada marcha del infante, recorrí archipiélagos movido por el instinto que aún hoy me domina, me desplomé hacia los mares que me alojaron con anhelo y nadé con los cardúmenes de los más horrorosos peces abisales. Habité con ellos y adquirí sus costumbres.

Por eso, lector entrometido, me hice poseedor de estos rasgos que desprecias, de estos inmundos dientes que te aterran y de las branquias que rasgan mi cuello como múltiples vaginas turistas de un territorio incorrecto. He ahí mi génesis, pérfido ejemplar de la innoble estirpe. Pero responde, si es que el éter que ensancha tus pulmones de sapo se atreve a recorrer tu laringe para que pronuncies palabra, ¿De dónde viene esa vil pulsión que te obliga a no desviar la mirada de lo que aborreces, que te llevará a continuar hasta el último nudo sin dudarlo, a pesar de que tu intestino, a fuerza de nauseas, te exija la retirada? No te engañes por tu piel tersa y sin escamas, no te engañes por tus buenas acciones y sentimientos heroicos, escucha la verdad que sigue aunque no quieras: si continuas tu lectura más allá de estas líneas, sabrás que eres, de entre todas, la más horrorosa bestia.

Picaporte.

-Ya pasaron casi quince años desde aquella noche, doctor, pero no puedo olvidarme de nada. Es terrible vivir con el peso de haber matado. Éramos chicos, y éramos muchos, pero eso no me consuela. No voy a sacarme responsabilidad por no haber sido yo el que propuso ese juego estúpido. Tampoco creo que sea un atenuante que las circunstancias hayan empujado, como buscando su muerte, hacia ese desenlace. A veces pienso que él tuvo algo de culpa, que se ofreció como un cordero sacrificial. Él siempre había sido el cordero, el chivo expiatorio. Quiero decir que era víctima de cargadas y golpizas, pero ni él ni nosotros nos imaginamos que alguna vez íbamos a llevar la tortura a tal extremo. Digo ‘Él’, vea, ni siquiera puedo nombrarlo.

Usted no me entiende, claro. Fue hace mucho, teníamos trece o catorce años. Era el cumpleaños de un compañero de la primaria. Facundo. Quiso festejarlo haciendo un campamento en el fondo de su casa. A esa edad dormir a cincuenta metros de la habitación de tus viejos es una aventura, por lo menos para chicos medio pueblerinos como nosotros. La noche empezó bien: armamos las carpas, comimos las comidas que se comen en los cumpleaños infantiles, contamos historias de terror alumbrándonos las caras con una linterna, esas cosas, ya sabe. El problema fue el juego.

El juego consistía en lo siguiente: Si una persona se tiraba un pedo, rápidamente tenía que exonerarse diciendo “zafé”. Si otro se le adelantaba gritando “picaporte” su declaración nos daba a todos el derecho irrevocable de pegarle al primero hasta que lograra liberarse tocando, justamente, un picaporte.

Creo que él intentó hacer una gracia cuando, en medio de una historia que yo inventaba para aterrar a mis amigos, dejó escurrir un pedo de lo más sonoro. Sí, tuvo que haber querido ser gracioso porque las carcajadas le impidieron pronunciar la palabra salvadora. Nosotros nos adjudicamos el derecho a la tortura y nos abalanzamos sobre él en masa, como una horda de bárbaros. Le debe haber sido difícil moverse dentro de la carpa con siete preadolescentes pateándolo y pegándole a puño cerrado. Abrir el cierre que le daba una porción de libertad le debe haber resultado casi imposible por los manotazos que lo alejaban del objetivo. Cuando lo logró trató de correr los cincuenta metros que lo alejaban de la casa, entrar por el ventanal de dos puertas, ganar el comedor y después hallar un picaporte que lo libere del fastidio. O eso supongo yo. Él no llegó tan lejos.

El juego ya había durado demasiado y nosotros estábamos cebados como los tigres que probaron la carne humana. Creo que fue por eso, por culpa de la ansiedad que crecía en su piel a fuerza de golpes que no vió que el ventanal de vidrio estaba cerrado. Lo atravesó alegre, con esperanzas. Eso me consuela un poco. Tal vez su último sentimiento fue algo parecido a la paz.

Nosotros lo vimos rebotar y caer al suelo. Y vimos que sobre él titubeaba, fatal, una guillotina improvisada, un triángulo de vidrio que terminó por desplomarse sobre sus piernas.

Después vino lo obvio. La sangre, los gritos desesperados, las sirenas de las tardías ambulancias, los vanos esfuerzos médicos.

No quiero extenderme pormenorizadamente lo que siguió: el llamado a sus padres, las charlas en el colegio, las discusiones del grupo para encontrar un único culpable y salvar la conciencia propia; todas reglas de decoro ante la tragedia. Sólo quiero mencionar una cosa que desde hace algunas noches punza en mi interior y que sé que no le es lícito responder (tal vez por eso me atrevo a la pregunta): ¿Será que peor que haber asesinado por una imprudencia infantil es aprovechar la anacrónica muerte para hacer literatura?

Las hermanas de Banfield

Existe en Banfield un enorme caserón donde viven dos hermosas hermanas. Sus nombres; Freda y Calda. Freda es rubia y alta. Su cuerpo es armónico, sin voluptuosidades, y hermoso. En su rostro brillan un par de ojos celestes que atraviesan el alma de quien se pare frente a ella. Cuando ama lo hace delicadamente, sin demasiado frenesí, pero con constancia. Su sueño desde siempre fue casarse con un hombre que la ame y la respete, cocinarle todas las noches y despertarlo por las mañanas con jugo de naranja y el diario para que salga al trabajo bien informado. Regalarse cada tanto moderados placeres, como ir al cine, o hacer delicadamente el amor frente a la chimenea que ve morir las brasas. Tal vez tener hijos, uno o dos, a lo máximo. Cantarles con su voz dulce para hacerlos dormir. Envejecer con su marido y ser recordada como una esposa fiel y devota. No faltaban hombres que deseasen semejante hallazgo: una hermosa mujer que desprecie los placeres que podría conseguir fácilmente con tanta belleza para dedicarse a una vida familiar.

Calda, en cambio, era de piel olivácea y pelo increíblemente negro, totalmente lacio y hasta la cintura. Sus ojos, enormes y oscuros. Las mejillas angulosas enmarcaban siempre una hermosa sonrisa de dientes blancos que resaltaban por el contraste que presentaba el manto de su piel. Así como su hermana, Calda poseía una figura esbelta, pero ella sí sabía de voluptuosidades. Era esa suma de cualidades la que le permitía conseguir a cualquier hombre que deseara. No se molestaba en establecer una relación con ninguno porque sabía que siempre había un nuevo pretendiente esperando en su puerta. Lujuriosos jóvenes se trasladaban hasta Banfield desde todos los barrios cercanos. Los de Lanús eran los más rechazados, mientras que los Quilmeños solían tener más facilidad para acceder a la habitación de Calda. La muchacha era fogosa durante el acto, pero fría después. Solía echar a los invitados rápidamente, a veces haciéndolos vestir en el pasillo que conducía a la puerta. Por momentos Calda sentía que faltaba algo, como un calor más duradero que el que proporcionaba la lujuria, pero no sabía qué podría ser. Entonces continuaba normalmente con su vida y hacia pasar al siguiente.

Los hombres que visitaban a Calda vivían una experiencia indescriptible y única. Después de ella todas las mujeres le parecían poco, vivían en la nostalgia, reavivando el recuerdo de aquella noche. No establecían ninguna relación duradera y se volvían solitarios. Algunos aprovechaban la tristeza para escribir poesía, pintar o aprender a bailar tango.

Los hombres que se enamoraban de Freda eran en su mayoría rechazados luego de unos amistosos encuentros en los que demostraban no tener las suficientes virtudes como para disfrutar de lo que la mujer podría ofrecerles. Otros, hábiles en el engaño, lograban conquistarla y vivían durante un tiempo con ella en su mansión. La muchacha los atendía con perseverancia, cuidando cada detalle. No pasaba mucho tiempo hasta que los hombres empezaran a sentirse insuficientes para una mujer tan decorosa y trataran de estar a la altura aprendiendo a hacer flores con el papel metálico del interior de los cartones de cigarrillo o yendo a cursos sobre  educación en la mesa, pero nada de esto alcanzaba y optaban por retirarse durante la noche, despidiéndose con un tibio pero sentido beso en la frente de Freda, que a la mañana siguiente lloraría desconsolada.

En sus futuras relaciones los hombres notaban rápidamente los defectos de sus nuevas novias y las abandonaban sin excusas. Después de un tiempo se resignaban a no encontrar jamás otra mujer como aquella y se volvían solitarios. Utilizaban la melancolía para hacer música, obras teatrales o esculturas.

Hay en Banfield quienes afirman que estas muchachas son ángeles que vinieron a la tierra para mostrarnos una pequeña porción de lo que nos espera en el cielo, y que el dolor que irrumpe luego de conocerlas se debe a que todavía no estamos preparados para gozar el paraíso en toda su gloria. Otros argumentan que son súcubos, demonios que toman formas femeninas para sembrar el dolor en los hombres, y que todos sus encantos y favores son sólo la antesala que hará posible el inconmensurable dolor que llegará posteriormente. Pero existe un pequeño grupo de hombres que descree de ambas teorías. Estos hombres sabios piensan que estas mujeres fomentan el arte y la sublimación y por lo tanto, acertadamente, las llaman musas.

Ningún futbolista nació en San Clemente.

Nació en la noche más calurosa del 80, el quinto día de enero. Lo llamaron, anacrónicamente, Rubén. Rubén Darío. Salió del hospital tres días después de su natalicio. Entre los regalos que lo esperaban en su casa brillaba más que ninguno una pelota de fútbol número 3 que su padre, Omar, había comprado el día anterior.  Durante los primeros meses la madre sentaba al bebé en un andador cada vez que necesitaba hacer cosas en la casa y el padre aprovechaba esta situación para hacer rodar la pelota hasta los pies del niño, esperando que la pateara. Así creció y fueron poniéndose en su cabeza sueños de futbolista, de empezar en las divisiones más bajas de algún club local, de ser ojeado por el representante de un equipo chico de primera división. De ahí directo al exterior, sin pasar por River o Boca. A los seis años lo anotaron en la escuelita de fútbol del barrio, Zonda Norte. Las primeras etapas fueron las de siempre; los ingenuos entrenadores que les gritan a los pibes que no corran todos atrás de la pelota, las peleas entre los padres de las hinchadas rivales, alguna buena gambeta de Rubén que hacía soñar a Omar…

La primera copa se hizo esperar dos años. Si bien para algunos un torneo ganado a los ocho años no significa nada, el señor Darío sabía bien que un crack ya la descose desde chico. Pero Rubén no era bueno. En verdad el problema no estaba tanto en su falta de talento, en la carencia de gambeta, en la mala dirección de los tiros libres, ni los pifies en las pelotas fáciles; esas cosas se solucionan. La traba más grande era (y en el fondo Omar lo sabía) su falta de inteligencia. Esta falta de inteligencia que inundaba toda su vida: en el potrero, en la escuela, en la calle…

Fue rotando de puestos. Lo probaron de delantero, de centro, de carrilero, de defensa, pero nada. Los números se sucedían en su espalda, todos con la misma infructuosidad. Igualmente, como se dijo, era un chico, y en el club le tenían paciencia. Además tuvo la suerte de estar rodeado de compañeros hábiles que podían remediar sus faltas. Si la tiraba larga ellos corrían para alcanzarla, si la perdía en defensa el arquero la tapaba con unas acrobacias fantásticas. Fueron ellos los que lograron el tricampeonato del 93 al 95. En el 96 salieron segundos, pero de todas formas fue un logro que el club nunca antes había siquiera imaginado. Esa categoría les regaló una fama insospechada que no duró mucho tiempo ya que la institución trabajaba con niños menores de 14 años.

Cantero y Rodríguez se fueron a probar a Buenos Aires y no se supo más nada de ellos. Álvarez y Paz se dedicaron a los estudios y no volvieron a rozar los deportes. Rubén todavía guardaba en su alma el sueño de llegar a primera, de la hinchada gritando su nombre, de clavar en el ángulo el último penal de la final por la Libertadores, de llegar alguna vez a conocer la verdadera gloria. O quizá este sueño era el de su padre. Fue por esto que junto con Soto fueron a probarse a Deportivo Esmeralda, un club de la zona, que la peleaba en la C. Fueron dos fines de semana para la prueba y Soto quedó. A Rubén le pidieron que volviera un tercer sábado para una prueba más. Vaya uno a saber qué virtud agazapada habrá creído reconocer el director técnico, pero lo hizo quedarse. Ese año dejó todo en cada entrenamiento, tanto fue así que llegaba a los partidos cansado. Todas las pelotas le quedaban largas, no tenia pique ni velocidad. Casi no se despegaba del suelo en los corners, ni en ataque ni en defensa. En definitiva, no tenía reacción. Extrañamente tuvo una idea lúcida. Se dedicó a practicar tiros libres, tres o cuatro horas al día. Le bastaron un par de meses para ser un experto. La clavaba desde cualquier lado. Hizo seis goles en los últimos cuatro partidos, y aunque la temporada ya estaba perdida desde hacía demasiadas fechas, su nombre empezó a figurar un poco más dentro del ámbito. Lamentablemente repitió primer año. Se dijo que era por tanto tiempo dedicado al fútbol, pero su falta de genio era evidente y la arrastraba desde hacía tiempo. De todas maneras ni a él ni a su padre le importó demasiado; el objetivo era llegar a primera y la escuela no podía hacer otra cosa que entorpecer. Fue así que, contra la voluntad de su madre, dejó el colegio y soñó con el siguiente campeonato.

El esfuerzo dio frutos durante las primeras fechas: acumulaba goles sin transpirar. La táctica era buscar la falta cerca del arco. Una vez que se escuchaba el silbato, Rubén se acercaba relamiéndose. Tomaba por lo general cuatro pasos de carrera, que recorría para empezar con una marcha corta, a la que le seguían dos pasos largos. Después se detenía, levantaba la cabeza y acomodaba la pelota a su gusto. No tardaron los adversarios en evitar las faltas cercanas a los 35 metros del arco. Fue así que comenzó la sequía para Rubén. En cuanto empezaron a espaciarse sus goles sus falencias volvieron al primer plano. Después de algunas fechas lo dejaron en el banco. Si iban perdiendo, entraba en el segundo tiempo con la esperanza de que una avivada terminase por significar un gol, pero era muy difícil. Además sus compañeros empezaron a  simular las faltas descaradamente y después de un tiempo los árbitros dejaron de cobrar incluso las infracciones reales. Todo esto terminó pintando un panorama pésimo para Rubén. Con 17 años y sin ningún destello de gloria empezaban a cerrársele los caminos.  Ese torneo terminó con un tibio mitad de tabla para Deportivo Esmeralda, y una penosa decadencia para Darío. Llegado el verano volvieron los entrenamientos, los amistosos con los clubes de la zona y la temporada de pases. Cuando se anunciaron los refuerzos el nombre Alcides Villalba quedó resonando en los oídos de nuestro jugador. Era lógico que el 10 paraguayo venía a reemplazarlo.

Después de eso se probó en clubes de primera división, sabiendo que allí los goles importan mucho más que en la C. Pero no valía la pena dejar afuera a un buen jugador para poner a uno que perdiera pelotas, que no acertara los pases, que termine trayendo complicaciones en la defensa; todo con la esperanza de que cada tanto clavara algún tiro libre. Era más probable que la presencia de Rubén diera goles a los contrarios que a los propios. Además, por aquella época, en primera sobraban buenos pateadores. Decepcionado volvió a San Clemente, trató de terminar el colegio, de volver a hacer primer año, pero ya había perdido el ritmo (o tal vez nunca lo había encontrado).

En abril dejó los libros y pensó en trabajar.  Primer año incompleto, decía en todos sus curriculums que se veían demasiado vacíos. En los meses sucesivos no lo llamó nadie. Al día siguiente de cumplir 20 años sus padres le dijeron que tenía que empezar a hacer algo, o irse de la casa. Entonces salió a suplicar trabajo en un puesto ubicado sobre los márgenes de la costa. Allí vendían recuerdos de San Clemente. La franquicia era realmente pequeña, apenas un metro por dos. En una de las paredes más extensas, la que miraba hacia al mar, se abría una ventana desde donde se atendía al público. Adentro el paisaje era una grosería excéntrica. Las estanterías atestadas de pequeños objetos de plástico invadían el reducido espacio. Rubén se pasaba el día entre virgencitas y barquichuelos posados sobre almejas, caballitos de mar  que cambiaban de color según el clima, sacacorchos de hombrecitos que simulaban estar sujetando sus partes pudendas, o bolas de cristal que aparentaban una nevada realmente inoportunas para una zona balnearia. Rubén era el encargado de grabar sobre los codiciados objetos alguna simpática inscripción con un tosco fibrón negro, que a veces tenía que chupar para que funcionara.

No le iba mal, pero tampoco bien, por supuesto. Con lo que ganaba le alcanzaba para darle algo de plata a sus padres, y guardar algo, muy poco, para él. Se enamoró algunas veces, y pocas fue correspondido. Hoy tiene 32 años y sigue vendiendo recuerdos en la costa. Si bien, por su edad, sus sueños de futbolista ya están totalmente despedazados, hay quienes dicen que en determinadas noches se lo ve en alguna plaza clementina parado frente al arco pateando tiros libres que estallan contra el travesaño, rememorando las épocas de su juventud en las que los sueños no eran todavía desilusiones y arrepintíendose de la mayoría de sus actos. Hay quienes agregan que mientras tanto, llora.

 

Nota: Desde chico noté que determinadas instituciones buscan ocultar, como con un parche transparente, la pobreza pragmática con simbólicos nombres que remitan a la grandeza, la prosperidad y la ostentación. Así, los barrios marginales se llaman “El Progreso”, “El Trabajo” o “Diamante” más como una expresión de deseo que como una característica real del lugar. En este texto que escribí (mal) a mis 18 0 19 años seguí esta prerrogativa y llamé “Deportivo Esmeralda” al segundo club de Darío, como para representar su austeridad. Como una broma de la suerte, al año siguiente me mudaría de Ciudad y cinco años después cambiaría nuevamente de casa y de calle; exáctamente a la tristísima calle “La Esmeralda”.

Barajas.

Soy conocedor no creyente del tarot y la cabalística. Me instruí en estos rumores del ocultismo como aquel que leyendo sobre Zeus no se arrodilla ante una ermita. Pero también soy un varón obsesivo, y en este privado credo con tamices paranoicos me veo en ocasiones compelido a sospechar que el mundo me habla a través de señales. Lo terrible es cuando las señales no me hablan, sino que me persiguen. Eso fue lo que me ocurrió esta semana.

Atravesaba una plaza, rodeado de la tranquilidad que el aire matutino le otorga a los lugares alejados en las ciudades que amanecen tarde, pronto a adentrarme en un pasaje que en la oscuridad de la noche me parece de lo más terrorífico. Allí, en una esquina inerte se extendía una baraja inglesa, abandonada al viento. No la había notado hasta que ante mis pies se presentó un oscuro as de pica. El que conozca el significado de estos símbolos entenderá la conmoción que me produjo la carta. Igual que el búho, el cuervo y el gato negro, aquella era una señal de la muerte. De mi muerte.

Lo negué y seguí caminando, pero a mis pensamientos se vino aquel relato sobre un hombre al que le es negado el paraíso por no haber visto las señales que el cielo le otorgaba. Tuve que volver sobre mis pasos y recogerlo. Además, como si hubiera perdido la mente, me arrojé sobre las demás cartas para elegir al azar (el azar es ilusorio cuando hablamos de elecciones) las dos que completarían el trío del tarot. As de diamantes. As de trébol. La riqueza y el trabajo. Completamente fuera de mí seguí buscando, sin razón, entre las cartas boca abajo que se extendían por toda una acera para hallar el as de corazones. No lo logré.

Con las tres figuras en mi bolsillo continué el camino hasta mi destino cuando, ahora decididamente perseguido, observé sobre un cantero un uno de copas -existe una traducción de la baraja española a la inglesa en la que el basto se corresponde con el trébol, el oro con el diamante, la pica es la espada y la copa, el corazón.- Ahora ya valido de un cuarteto entero y dispar, completé mis deberes y traté de olvidar el suceso.

Debo decir que casi lo logro, pero esta mañana, mientras caminaba hacia el gimnasio, me esperaba, boca arriba, sobre el suelo, como un guiño del destino que buscaba ratificar el rigor de nuestro primer encuentro, un cinco de trébol: signo del trabajo físico.

Ahora que creo que el azar me está buscando y que trabaja con un oscuro lenguaje que no sé si alcanzo a descifrar, que sé que insiste y da pruebas contundentes de su presencia y sabiduría, no puedo más que sospechar que este es sólo el comienzo de un relato que me será negado terminar de escribir.